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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1047

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La asistente percibió al instante una señal de alerta.

—¿De qué departamento eres?

Luis hizo un gesto restándole importancia con la mano.

—Es solo una niña.

Raquel miró a la asistente. Llevaba el cabello largo y ondulado, maquillaje pesado y un perfume cuyo olor era fuerte y penetrante. Había una hostilidad evidente en la forma en que la miraba. Raquel apenas le dedicó una mirada de reojo antes de voltear de nuevo hacia el hombre a su lado.

—Tío, ¿ya saliste de trabajar?

—Niña, ¿tan viejo me veo?

—Dime guapo.

Raquel sonrió y se aferró del brazo de Luis.

—Te digo guapo, pero me vas a tener que invitar a cenar.

—Guapo, quiero ir a cenar, pero no me alcanza la mesada, ¿qué hacemos?

Luis le dio un golpecito suave en la frente.

—Yo tengo plata. Puedes pedir lo que quieras.

—¡Director! Pero usted...

El hombre dirigió una mirada afilada y fría como el hielo hacia la asistente, que pataleaba del coraje. A regañadientes, la asistente cerró la boca de inmediato.

Cuando el elevador llegó al estacionamiento subterráneo, Raquel se marchó del brazo del hombre, no sin antes sacarle la lengua a la mujer que se quedó en el ascensor.

Una vez dentro del Maybach plateado, el hombre jaló de inmediato a la chica hacia él. Deslizó la mano por debajo del vestido y le acarició la pierna a través de la fina tela negra.

—¿Todavía te duele?

Raquel dejó que la mano del hombre hiciera lo que quisiera sin poner resistencia. Pasó sus delgados brazos alrededor del cuello de Luis y negó con la cabeza.

—¡Viene alguien! —exclamó Raquel.

—Tranquila, él... no puede vernos.

La chaqueta de Raquel ya estaba a un lado, dejándola solo con una blusa ligera. Luis, sujetándola por el brazo delgado y observando su piel de porcelana, no pudo evitar llenarla de besos.

Antes de que Raquel pudiera siquiera recuperar el aliento, el hombre volvió a abalanzarse sobre ella, robándole la respiración de forma salvaje.

A lo lejos, Liberto, que llevaba el bolso de Rafaela, fijó su profunda y oscura mirada en ese auto que se balanceaba ligeramente.

—¿Qué miras? —preguntó Rafaela.

—¡Nada!

Luis esperó a que el otro auto se fuera antes de recordar que ya había terminado su turno. Si seguían así, alguien los descubriría tarde o temprano. La pasión desapareció rápidamente de sus ojos. Raquel de por sí no llevaba mucha ropa, pero, sin saber en qué momento, su blusa se había desabotonado, revelando el pecho lleno de marcas que él le había dejado. Luis le abrochó la ropa y le ayudó a ponerse la chaqueta.

—Mañana descanso. ¿Voy para allá esta noche?

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