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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1057

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—¿No deberías darme una explicación? Le regalas un traje y él te regala unos aretes. ¿Acaso la Sra. Padilla finge que yo no existo?

—¡Es solo un regalo! Además, fue a plena luz del día, no estábamos a escondidas. Para mí no es nada que tenga que ocultar.

—No entiendo por qué te pones así.

—¿Desde cuándo los amigos se regalan trajes? Rafaela... ¿no crees que cruzaste una línea?

Rafaela, temiendo que él no dejara el tema en paz, suspiró. En su vida pasada no se había dado cuenta de lo posesivo que podía llegar a ser Liberto, hasta el punto de armar un drama por un simple traje.

—Está bien. Si no te gusta, no le volveré a regalar nada.

—Tampoco usaré los aretes, ¿contento?

Rafaela sentía que ya estaba controlando bastante su propio temperamento.

Al ver que intentaba huir, Liberto la tomó de nuevo por la cintura y la acercó a él.

—Dejando de lado el pasado, ¿no debería la Sra. Padilla regalarme un traje a mí también?

Rafaela recordó todas las cosas que le había comprado antes. No solo ropa, sino casi todo en su vida había sido escogido personalmente por ella. Fue él quien no supo valorarlo.

Cuando vio a Liberto poner ese abrigo que ella le había regalado sobre los hombros de Penélope y cómo se ensució, se hizo una promesa: nunca más volvería a darle un solo regalo.

La gente es muy extraña; no valoran las cosas cuando las tienen, pero las exigen en cuanto las pierden.

—En el pasado te ayudé a escoger bastantes trajes, ¿no? Revisa tu armario, seguro que encuentras uno. Además, ya tienes demasiada ropa, de todos modos no alcanzas a usarla toda. El que traes puesto te queda muy bien.

El mensaje de Rafaela fue claro.

A Liberto le quedó claro que seguir discutiendo por eso no tenía sentido.

Al sentir que él aflojaba el agarre de su cintura, Rafaela se zafó, se sentó frente al tocador y empezó a desmaquillarse.

—Aunque quisiéramos recuperar algo, a estas alturas todo es ceniza.

Si a Liberto no le importara, este castigo no sería gran cosa. Al final del día, era solo un traje; si quería uno, podía conseguirlo cuando quisiera.

Pero el problema era que sí le importaba...

Y por importarle, eso se había convertido en su peor tormento.

Abajo, en el comedor, Rafaela disfrutaba de su plato de ravioles mientras revisaba su teléfono.

De pronto, Fernández Jara rompió el silencio:

—Rafaela... ¿alguna vez has pensado qué harías si un día Liberto te deja?

La persona que acababa de bajar las escaleras detuvo sus pasos de inmediato...

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