La mirada de Liberto se movió levemente. Sus ojos oscuros y profundos asustaron tanto a Clara que rápidamente apartó la vista.
—Si ya no se puede ocultar, entonces no lo hagamos.
Esa frase hizo que Fernández posara la mirada en él, analizándolo con un toque de curiosidad, tratando de descifrar sus inescrutables intenciones.
Tras decir eso, el hombre se dio la vuelta y salió del estudio.
En la sala, más de una docena de empleados estaban muertos de miedo, con la cabeza baja y sin atreverse a decir ni una palabra. Ante las preguntas de Rafaela, parecían haberse quedado mudos. Enfurecida, arrojó las flores con espinas que tenía en la mano al empleado más cercano.
—¡Ya que nadie quiere hablar, les descontaré el costo de ese jarrón del sueldo a todos!
Pero ni con esa amenaza, soltaron una sola palabra.
En ese instante, Mauricio entró con un jarrón en las manos. Era idéntico al que Rafaela había comprado en la subasta por treinta millones.
—Señora, mire a ver si es este.
—¿Por qué lo tienes tú? —preguntó Rafaela, arrebatándoselo a Mauricio.
—El joven amo mandó trasladar a Bosques de Marfil todas las cosas que a la señorita le gustan. Tal vez lo recordó mal.
Rafaela lo examinó con atención y, un segundo después, lo estrelló con fuerza contra el suelo. Los fragmentos salieron volando en todas direcciones, haciendo que los empleados retrocedieran asustados.
—¡Este no es el mío, Mauricio! ¡Y ustedes, todos me están ocultando algo!
—Tú... —Rafaela señaló a uno de los empleados—. Tú me lo vas a decir. Y si no me lo explicas bien, te mando a la cárcel.
El empleado, aterrado, se arrodilló de inmediato suplicando piedad.
—Señorita, de verdad que no sé nada de este asunto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...