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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1137

—Adviértele a todos tus empleados que tengan mucho cuidado. No vayan a hacer enojar a esa señora. Si vuelve a ocurrir lo mismo que la última vez, los mandaré a hacerles compañía a los otros en la cárcel.

—Sí, por supuesto, joven Huerta —respondió Marco—. Entonces, ¿cree que deberíamos avisarle al líder de la familia principal?

—Es la primera vez que atendemos a alguien de su nivel. ¿Hay algo en particular que debamos tener en cuenta para que la joven Sra. Huerta no se incomode?

Quintín, recargado sobre la mesa de billar, miró de reojo el teléfono en alta voz y soltó una carcajada cargada de sarcasmo.

—Pues trátala con la misma lambisconería con la que me tratas a mí. Así debes adular a la Matriarca.

—Y una cosa más... ten mucho cuidado. La Matriarca tiene un carácter de los mil demonios.

Al no tener contacto directo con la rama principal de la familia, ellos, como rama secundaria, no podían comunicarse con el líder ni entrometerse en los negocios principales. Todo lo que manejaban en la mitad de Floranova eran las sobras que la familia principal ya no quería. De lo contrario, ni siquiera tendrían el privilegio de administrar esos negocios.

—Sí, entendido... —Marco ya había escuchado los rumores sobre lo imposible que era tratar con esa mujer.

—¿Y qué haces ahí parado? Apresúrate e invítala a pasar con todos los honores.

Rafaela no entendía mucho de estas cosas. La única vez que había estado allí, a sus diecinueve años, había perdido todo su dinero y la situación se había vuelto bastante humillante. No tenía con qué pagar, su celular se había quedado sin batería, y casi la obligaron a quitarse la ropa en público.

Por fortuna, en medio de su desesperación, Liberto apareció, pagó su deuda y la sacó de allí.

Aquel día tuvo una suerte pésima. Perdía en todo lo que apostaba. Pero ahora...

Rafaela sentía que le habían arreglado el juego a su favor. Apostaba en lo que fuera y siempre ganaba.

Al final, las mujeres de sociedad que compartían la mesa con ella se quedaron sin un peso. Rafaela convirtió sus tres millones iniciales en treinta millones. Había multiplicado su inversión por diez.

Marco, parado detrás de ella, sonreía complaciente tratando de agradarle.

—La señorita tiene una suerte increíble.

—Ganó muchísimo dinero en un abrir y cerrar de ojos.

Al mismo tiempo, observaba con cautela la expresión de Rafaela, esperando que estuviera contenta. Para su sorpresa, la señorita tenía una cara de profundo malestar...

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