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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 768

—Si uno no tiene ambición en la vida… está condenado a quedarse estancado.

—¿No crees?

Penélope, con un torbellino de emociones, no dijo una palabra y se marchó de allí, casi como si estuviera huyendo. En este mundo, casi todo se puede controlar, excepto el corazón humano.

Ciertas emociones no deberían surgir, pero esos sentimientos confusos e inexplicables de repente se desbordaron como si una grieta se hubiera abierto en su corazón. Por más que intentaba reprimirlos, no podía cerrar esa fisura que nunca debió aparecer.

Penélope no entendía qué le estaba pasando. Mientras huía del Grupo Jara, su mente se llenó de recuerdos vívidos de todos los momentos que había pasado con él en la Villa Sueño del Cielo.

Recordaba cada detalle de él…

«Penélope, él ya está casado, ¡no deberías pensar más en él!».

Con el corazón agitado, salió corriendo del elevador sin fijarse por dónde iba y de repente sintió que chocaba contra un muro duro. —Per… perdón… no fue a propósito.

Cuando levantó la vista, se encontró con Raúl y las personas que lo acompañaban. —Director Chávez, director Guzmán —saludó. Ambos eran accionistas del Grupo Jara, y uno de ellos era el abogado principal del departamento legal.

Penélope estaba a punto de irse, pero Raúl la sujetó de la muñeca. Sintió que ella intentaba soltarse, pero no la dejó ir. —Tengo asuntos personales que atender.

El director Guzmán, notando la extraña atmósfera entre ellos, sonrió y dijo: —Nosotros subimos primero.

—Nos vemos en un rato.

Cuando los dos se fueron, Raúl la llevó a un lugar más tranquilo. —¿Cuánto tiempo más piensas seguir ignorándome? Ha pasado mucho tiempo. Tu mamá dice que no has ido a casa últimamente, ¿dónde has estado? —dijo, su voz suavizándose sin darse cuenta, con un toque de humildad.

Penélope abrazó al hombre que tenía delante y, con la voz temblorosa, le dijo: —¿Nos comprometemos?

—Mire, hace unos cuatro meses, su esposo contrató a nuestra empresa, Diseño Interior Ágora, para remodelar su casa. Ya hemos terminado el trabajo y necesitamos que venga personalmente a revisar que todo esté en orden. Si no hay ningún problema, también necesitaríamos que firme un documento.

Rafaela, sin pensarlo dos veces, se retractó. —Lo siento, no soy la persona que busca. Se equivocó de número.

Acababa de colgar cuando el teléfono volvió a sonar.

«Ojalá no hubiera traído el celular», pensó. Ya se estaba quedando sin batería.

Al ver que no dejaban de insistir, Rafaela contestó de mala gana. —¡Le dije que no me busque a mí! Busque a la persona que firmó el contrato con ustedes.

—Señorita Rafaela, de verdad que no tenemos otra opción. Llevamos varios días de retraso con el pago final a los trabajadores. Si usted no firma, no podemos liquidarles su sueldo, son las reglas de la empresa. Por culpa de este proyecto, ya hay gente que se está quejando. Todos trabajamos para mantener a nuestras familias, no es fácil. Le suplico que nos ayude, solo tiene que venir a revisar y firmar, nada más.

Residencial Jardín Estrella. La primera casa que Liberto había comprado en el Grupo Jara, el lugar que, después de su matrimonio, se había convertido en la jaula que la aprisionaba. Para Rafaela, ese sitio solo le traía recuerdos de un dolor imborrable.

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