—Mi papá me marcó hoy. Me dijo que… no podía localizarte.
—¿A dónde fuiste?
Rafaela fue directa:
—No me cambies el tema.
—Ándale, la foto.
Liberto preguntó:
—¿Ahorita?
—Sí, ahorita.
Liberto miró hacia la oscuridad de la noche, recargando una mano en el barandal. El viento le movía un poco el fleco, y en sus ojos profundos se notaba una emoción contenida.
—Es que no quiero colgar. Rafaela… casi nunca me hablas por iniciativa propia.
—Espera un poquito más, ¿sí?
Su tono sonaba casi suplicante.
—No es que no te haya marcado antes, es que tú no querías contestar. Y luego, para evitarme, cambiaste de celular —dijo Rafaela sin ninguna emoción, soltándole los hechos tal cual. Al escuchar el silencio de Liberto, supo que había dicho algo que no debía, algo que a él le dolía escuchar, pero… era la verdad.
—Ya sé que, según lo que acordamos, no debería sacar estos temas. Pero… que hayamos decidido empezar de nuevo no significa que esas cosas no pasaron.
—En adelante, voy a tratar de llamarte más seguido.
—Lo dejamos aquí por hoy. Yo hablo con mi papá, me voy a descansar.
Esperó a que él respondiera y colgó.
La comida que trajeron no se le antojaba nada, pero se obligó a probar bocado. Al menos… hasta saber qué pasó con Miguel, no podía permitirse colapsar otra vez. Tenía que recuperarse y mantenerse viva.
Cuando sintió que ya no le entraba nada más, soltó los cubiertos.
Un momento después, Rafaela checó su celular. Liberto le había mandado más de diez fotos: él sentado en la cabecera de una mesa de juntas, tomándole fotos a los empleados de la filial de Grupo Jara en el extranjero, fotos de su cena…
Y un último mensaje al final:
[Acuérdate de cenar.]
Rafaela:
[Ya cené.]
Liberto:
[¿Qué comiste?]
Rafaela buscó unas fotos que tenía guardadas de antes y se las mandó. Era para… salir del paso. Él no notaría la diferencia y, además, dudaba que tuviera tanto tiempo libre como para llamar a México e investigar.
Liberto nunca se imaginó que Rafaela, cuando mentía, lo hacía tan bien, sin dejar cabos sueltos…
Tampoco quería presionarla demasiado.
Después de enviar las fotos, no hubo más respuesta. Todo quedó en silencio.
Un lujoso carro negro, símbolo de poder y estatus, se estacionó frente a un hospital privado. Liberto entró al elevador y, al llegar al piso indicado y abrirse las puertas, recuperó la señal. Lo primero que hizo fue contestarle el mensaje.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...