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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 846

Fue cuestión de un segundo. Rafaela apenas se había soltado y no tuvo tiempo de quitarse la venda cuando una mano fuerte le atrapó la muñeca. Inmediatamente sintió que alguien le sujetaba el cuerpo, aunque notó claramente que no usaban mucha fuerza, solo la necesaria para que no se soltara.

¿Tanto miedo tienen de que los vea?

Quién sabe qué clase de juegos traen estos tipos.

Liberto, estando presente, no podía hablar, así que el guardaespaldas a su lado tuvo que decir las frases de cajón:

—Señorita Rafaela, debería obedecer.

—Tranquila, no le haremos nada. En cuanto termine de cenar, nos iremos.

En realidad, la tenían atada para que no golpeara a nadie. Si la señora soltaba un golpe, el joven no se defendería, pero… su cuerpo no aguantaría. Las heridas de Liberto no habían sanado y él, que debería estar en cama, no le importó nada con tal de verla.

Alguien le sujetaba la mano. Aunque no podía verlo, Rafaela sentía la mirada de esa persona clavada en ella. Luego, volvieron a atarle las manos. Lo hicieron con suavidad; ella movió las muñecas y sintió el nudo flojo, pero extrañamente imposible de deshacer.

El guardaespaldas continuó:

—Señorita Rafaela, no gaste energías, no podrá desatarlo.

Rafaela curvó los labios en una sonrisa que a Liberto le pareció peligrosa.

—Vaya… se ve que les gusta esta onda, ¿eh?

—Se nota que no es la primera vez que lo hacen, qué práctica.

A un lado, Raquel soltó el aire discretamente. Se tocaba el pecho como si el corazón se le fuera a salir. Al ver que su hermano alimentaba a su cuñada, ella también jaló una silla con mucho cuidado y se sentó a comer algo.

Eran platillos que su hermano acababa de aprender a cocinar. Ella nunca había probado la comida de Liberto; gracias a su cuñada, ahora tenía el privilegio. Tomó el tenedor, pinchó un trozo de carne dulce y se lo metió a la boca. Cerró los ojos del gusto. Estaba… increíble.

Pegarse a la cuñada garantizaba comer rico.

Guardaespaldas:

—Esto está crudo.

Empleada:

—Escúpalo, señorita Rafaela.

Liberto extendió la mano y dejó que ella escupiera en su palma. Mauricio se acercó rápido con un pañuelo para que se limpiara.

Que si esto está salado, que si aquello no tiene sal, que si el postre empalaga…

Rafaela soltaba queja tras queja y los de al lado tomaban nota diligentemente para la próxima vez. A pesar de todo, nadie perdió la paciencia. Una cena de media hora se alargó a hora y media.

—Ya, olvídenlo. Ni cocinar saben. No quiero más.

Todos suspiraron aliviados. Vaya que la señora era difícil de complacer. Por fin terminó.

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