—Ya resolviste tus dudas, Srta. Rafaela. Puedes retirarte.
—Con permiso.
Kino se puso en pie para acompañarla a la salida, pero, inesperadamente, la puerta se abrió. Su madre, quien minutos antes descansaba en la cama, entró tanteando el camino con un plato de caquis deshidratados.
—Kino, casi nunca tenemos visitas en casa. Apenas acaba de llegar y ya quieres echarla —lo regañó suavemente.
—Muchacha, ¿cuál es tu nombre?
El espacio era diminuto. Rafaela se apresuró a levantarse, tomó a la mujer por el brazo y la guio con delicadeza hasta la silla.
—No tenemos mucho para ofrecerte, solo estos bocadillos que preparé yo misma —se disculpó Helena. El cáncer se había extendido hasta sus ojos, obligando a los médicos a extirparlos para salvarle la vida—. Pruébalos, y si te gustan, tengo más guardados para que te lleves —añadió, tomando una de las frutas secas de la bandeja y poniéndola directamente en la mano de Rafaela.
Kino estaba seguro de que una mujer de clase alta como Rafaela despreciaría una ofrenda tan humilde. Además, sabía que era muy quisquillosa con la limpieza y odiaba consumir cosas preparadas de forma casera. Las manos de su madre, marcadas por el trabajo y llenas de callosidades, hacían un duro contraste con la piel radiante y suave de Rafaela.
—Probaré uno entonces —dijo ella, saboreando el bocado que jamás habría mirado en su entorno habitual—. Mmm... está bastante bueno.
La mujer soltó una carcajada encantadora.
—¡Me alegra que te gusten! Kino... ve al estante de mi cuarto y empácale el resto para que se los lleve.
Kino asintió en silencio y salió de la habitación.
Al escuchar sus pasos alejarse, Helena deslizó sus manos sobre las de Rafaela, notando lo sedosas que eran.
—¿Podría tocarte el rostro?
—Kino ya es un hombre hecho y derecho, y es la primera vez que trae a una mujer a casa.
Cuando Kino regresó con una humilde bolsa de plástico llena de la fruta, se quedó paralizado ante la imagen frente a él.
Rafaela se había inclinado, tomando las manos de la invidente y guiándolas hacia su rostro.
—Adelante, doña Helena. Pero llevo maquillaje, así que asegúrese de lavarse las manos luego para no mancharse.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...