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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 857

—Compré de nuevo la Villa «Sueño del Cielo» que habías vendido, pagué el triple. Después de todo... esa casa tiene bonitos recuerdos para ustedes. En las escrituras solo puse el nombre de Penélope. Tómalo como... un generoso regalo de bodas de tu exesposa.

—Eso es todo lo que pido. Si no tienes problema, puedes darme el acuerdo de divorcio firmado ahora mismo. —Rafaela extendió la mano frente a él, con el rostro tranquilo, pidiéndole los papeles como si no le importara nada.

La mirada de Liberto era densa como la noche, clavada en ella, tratando de encontrar algo en el fondo de sus ojos.

En la mirada de él aparecieron emociones complejas que Rafaela no pudo descifrar.

Después de un largo silencio, Liberto habló:

—Ya firmé el acuerdo. Tienes que esperar a mañana...

Rafaela sonrió, aceptando el final.

—Este eres tú, el Liberto que conozco. Es mucho más fácil hablar contigo así que... con el que no había perdido la memoria.

—Hablar de amor... entre nosotros nunca hubo amor.

—Era demasiado falso.

—Liberto... debimos terminar así desde el principio, por las buenas.

—Mañana vengo por los papeles.

Rafaela se levantó sin titubear y se dio la vuelta para irse. Cuando su mano tocó el pomo de la puerta, escuchó la voz grave y ronca de Liberto a sus espaldas:

—No firmé el divorcio.

—Y... tampoco perdí la memoria.

Rafaela se quedó paralizada. Apretó el puño instintivamente y bajó la mirada, sus largas pestañas proyectando una sombra.

—¿Por qué no sigues fingiendo?

Rafaela vio cómo él apartaba las cobijas y bajaba de la cama. Al dar el primer paso, cayó de rodillas, sin fuerzas. Ella vio los aparatos metálicos incrustados en sus huesos. Él parecía aguantar un dolor inhumano. Al segundo siguiente, Liberto soportó la agonía, se puso de pie y caminó hacia ella.

Rafaela no se movió. Vio cómo se acercaba y la abrazaba...

—La... la última vez...

—Si quieres el divorcio, nos divorciamos. Mañana le diré a Mauricio que prepare el avión para que regreses.

—Le pediré a Mauricio que te lleve los papeles.

—No quiero nada.

Cada palabra, cada sílaba que pronunciaba, temblaba.

Para Rafaela, sonó a una despedida definitiva.

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