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Vine a hacer que se arrepientan romance Capítulo 4

El teatrito repentino de Camelia descolocó a Laia.

Una punzada de inquietud se instaló en su pecho.-

Un segundo después, resonó la voz colérica de su hermano, Mauro Lemus.

—¡¿Qué le hiciste, Laia?!

Mauro llegó corriendo, empujó a Laia con brutalidad y ayudó a Camelia a levantarse con un cuidado extremo, como si fuera una muñeca de porcelana a punto de romperse.

El cuerpo frágil de Laia no soportó la embestida; trastabilló sin control, perdió el equilibrio y rodó por las escaleras.

El dolor le estalló en todo el cuerpo, sintiendo que los huesos se le hacían pedazos.

Al final, se dio un golpe seco en la frente contra el suelo. Un hilo de sangre comenzó a brotar de inmediato, escurriéndole hasta el ojo.

Laia levantó las manos temblorosas para limpiarse, pero no se atrevió a tocarse por miedo a lastimarse más.

—Mauro... —sollozó Camelia, fingiendo ser una víctima indefensa—. No te enojes con ella. Fue culpa mía, fui una tonta. Es que solo quería ver cómo estaba, no quería que nadie saliera lastimado.

»Pero supongo que me merezco que me trate así...

Mauro, que tenía un carácter explosivo, sintió que la sangre le hervía al escuchar eso.

—Tú no tienes la culpa de nada —la consoló con dulzura, antes de lanzarle una mirada fulminante a Laia—. ¡Esa bruja es la que tiene la culpa!

Desde lo alto de la escalera, Mauro miró con asco a Laia, que se retorcía de dolor.

—Camelia solo quería darte las gracias por las buenas, ¡y tú vas y la empujas! ¡Eres de lo peor!

Laia abrió los ojos a duras penas y, a través de la sangre espesa, apenas pudo distinguir el rostro enfurecido de Mauro.

Medio aturdida, recordó aquella vez en que Mauro se había lastimado en un torneo de boxeo. Ella había pasado noches enteras buscando opciones médicas y hasta había viajado a otras ciudades para conseguirle un medicamento especial y calmarle el dolor.

Y ahora...

Ahora él le creía a ciegas la farsa barata de Camelia, y ni siquiera se inmutaba tras haberla aventado por las escaleras.

Temblorosa, Laia logró murmurar con la voz entrecortada:

—Yo no hice nada...

Esas palabras le cayeron como un balde de agua fría.

Recordaba muy bien que, al principio de su matrimonio, le había pedido a Izan que le comprara una sola flor. Su respuesta fue un cortante: «Estoy muy ocupado, no me molestes con tonterías».

Por miedo a hacerlo enojar, no volvió a pedirle nada.

Y ahora...

Él tomaba la iniciativa de regalarle flores a Camelia, e incluso su semblante siempre severo parecía suavizarse al pensar en ella.

Laia esbozó una sonrisa cargada de amargura.

Con mucho esfuerzo, logró ponerse de pie.

Solo entonces, la mirada gélida y profunda de Izan se posó en ella.

Al ver la herida que tenía en la frente, frunció el ceño casi de forma imperceptible.

Pero su expresión de indiferencia volvió de inmediato.

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