Sebastián soltó una carcajada, tal como ella esperaba.
—Esa jamás fue mi preocupación.
Recostado, la miró. Bajo el sofoco de la fiebre, la intensidad escrutadora y gélida de su mirada parecía haberse suavizado un poco.
—Cuando invierto, nunca me preocupa cuántas ganancias me generará la otra parte. Confío ciegamente en mi propio criterio. Así que solo me queda esperar a ver cuántas sorpresas me depara la señorita Nieto.
Zulema esbozó una leve sonrisa y guardó silencio. La habitación se sumió de nuevo en una quietud tan profunda que se podría haber oído caer un alfiler.
De repente, recordó lo del reloj. Esa mañana, en la entrada, se había dado cuenta de que no lo llevaba puesto. No es que la ofendiera que no lo usara, pero no quería que pensara que ella albergaba intenciones ocultas o deshonestas.
Simplemente quería demostrarle su gratitud, sin ningún otro trasfondo.
—¿El reloj que le regalé no fue de su agrado, Presidente Ríos, o es que le preocupa algo más?
Lo preguntó con un tono tranquilo, sin el menor atisbo de reproche.
—Comprendo que sea precavido, es algo natural. Pero le aseguro que ese reloj fue únicamente un detalle de cortesía.
Sebastián se quedó callado por unos instantes. Luego, apartó la vista de ella y clavó la mirada en el vaso intacto sobre la mesita de noche. Su voz, serena y grave, sonó despacio, como si intentara justificarse.
—El reloj es muy elegante, pero debido a mi tipo de trabajo, raras veces tengo la oportunidad de usar algo así. Agradezco sinceramente el gesto.
A pesar de la discreción de sus palabras, Zulema leyó entre líneas. En fin, no valía la pena darle más vueltas.
El recelo de este hombre no era exclusivamente hacia ella, era hacia todo el mundo. Tras tantos años en la cumbre, había lidiado con innumerables juegos de poder; sabía de sobra que detrás de un trago, de un halago o de un regalo, casi siempre se escondía una expectativa de favores mutuos.
Estaba tan curtido por esa desconfianza que le resultaba imposible fiarse de alguien de buenas a primeras. Zulema decidió no darle mayor importancia; al final de cuentas, Cereza era un amor, así que pasar más tiempo con ella no representaba ninguna carga.
En ese preciso instante, el repiqueteo apresurado y alegre de unos zapatitos sobre el suelo de madera resonó en el pasillo.

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