Tras un par de bocados, Sebastián dejó el tazón; su apetito aún no se había recuperado del todo.
—Lamento las molestias de hoy, ya te puedes retirar.
Zulema hizo una pequeña pausa y luego asintió.
—Está bien.
Cereza saltó de su silla.
—¡Yo la acompaño a la puerta!
Tomó la mano de Zulema y caminaron juntas hacia la entrada. Cereza caminaba muy lento, deseando alargar el trayecto lo más posible.
Al llegar a la puerta, soltó su mano con desgano y levantó la vista.
—Adiós, Zuly.
Zulema se agachó para mirarla a los ojos y le encomendó:
—Asegúrate de que tu papá descanse bien, si no, se va a sentir mal en el trabajo. Ahora eres la jefa de la casa, así que vigila que tome sus medicinas y duerma a sus horas.
Cereza asintió con energía.
—Yo se lo diré a papá.
Se quedó en la entrada viendo a Zulema subir al auto, vio cómo se cerraba la puerta y observó las luces traseras hasta que desaparecieron al doblar la esquina. Solo entonces se dio la vuelta para entrar.
Empujó un poco la puerta de la habitación de Sebastián y asomó la cabeza; notó que su papá ya tenía los ojos cerrados y su respiración era regular y profunda.
Entró de puntillas, subió la sábana que se le había resbalado hasta la cintura para cubrirle el pecho, y salió sin hacer ruido.
En cuanto la puerta se cerró, Sebastián abrió los ojos.
Tomó el celular de la mesa de noche y marcó un número.
Cuando la llamada conectó, Zulema todavía iba en el auto de su asistente.
Zulema se sorprendió un poco al ver el nombre en la pantalla de su celular, pero no tardó en contestar y llevárselo a la oreja.
Desde el otro lado se escuchó la voz del hombre, algo ronca por la fiebre alta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir