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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 25

El rostro de Úrsula se tensó por una fracción de segundo al ver que Alberto no le daba una respuesta.

—¿Alberto? —lo llamó suavemente.

Alberto volvió a la realidad, le acarició el cabello con una mirada tierna y luego, aparentando naturalidad, cambió de tema.

—Mila ya casi termina de arreglarse. Iré a verla. Prepárate tú también.

Úrsula observó cómo se alejaba, con el rostro rígido. Su intento de cambiar de tema había sido demasiado obvio. ¿Acaso todavía sentía algo por Zulema? ¿Le había afectado verla acompañada de otro hombre y ya no podía disimularlo?

¡Eso no podía permitirlo!

En ese momento, Milagros ya había terminado de lavarse la cara. Alberto se acercó, tomó el peine de sus manos y, con movimientos algo torpes, le pasó el cepillo un par de veces antes de rendirse.

—Mejor dejamos que Hortensia te peine en un rato.

Milagros saltó de su banquito y extendió los bracitos.

—¡Cárgame, papi!

Alberto se inclinó, la tomó en brazos y Milagros se colgó de su cuello, acomodándose contra él. Alberto la acomodó un poco y dijo riendo:

—Mila, estás pesando más, ¿eh?

Milagros rio con picardía.

—¡Sí! Es que como mamá no ha estado encima de mí últimamente, ¡estoy demasiado feliz, jeje!

La mano de Alberto se detuvo un instante, pero enseguida le apretó la nariz con una sonrisa consentidora.

—Ay, pequeña traviesa.

Úrsula salió de la habitación, ya vestida y arreglada, y dijo:

—Mila, vamos a desayunar. Después te llevaremos al kínder.

Milagros asomó la cabeza desde los brazos de Alberto y le dedicó a Úrsula una sonrisa dulcísima.

—¡Sí!

Zulema se despertó por el sonido de su celular.

Había dormido bastante bien en el hotel. Aunque la cama no era tan suave como la de su casa, la tranquilidad del lugar lo compensaba todo.

Justo cuando estaba por levantarse, el celular empezó a sonar. Lo tomó e instintivamente oprimió el botón para contestar. Desde el auricular, una vocecita tierna la saludó:

—¡Zuly! ¡Buenos días!

Zulema se quedó sorprendida por un segundo, y una sonrisa se dibujó en sus labios sin que pudiera evitarlo.

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