—¡Papá, quiero comer más de eso!
Era la voz de Milagros, resonando desde la distancia. Su voz era tan clara y aguda que cada palabra se escuchaba a la perfección.
A esa distancia, Zulema normalmente no habría podido escuchar su conversación, pero la voz infantil tenía una resonancia especial. Era evidente que Milagros estaba feliz, inmensamente feliz. Siempre estaba así de contenta, siempre y cuando no estuviera cerca de su madre.
Zulema y Felipe voltearon al mismo tiempo, mirando hacia el pasillo a través de la puerta entreabierta.
Alberto y los suyos estaban sentados en una mesa cercana. Milagros estaba en una silla infantil, con un menú para niños frente a ella. Úrsula, sentada a su lado, le estaba cortando la carne y, cuando terminó, empujó el plato hacia la niña.
Frente a Alberto había un plato de camarones. Con destreza, pelaba la cáscara, quitaba la vena y acomodaba la carne limpia en un platito. Cuando terminó, deslizó suavemente el platito frente a Úrsula.
Luego, levantó la mirada hacia ella con una devoción y un cariño que Zulema jamás había presenciado.
Úrsula miró el platito, sonrió complacida y probó un bocado. Por el movimiento de sus labios, parecía decir: *Los camarones que pela Alberto son los más dulces*.
La dinámica entre ellos era natural e íntima. Se sintió como si una aguja gigante se clavara directamente en el corazón de Zulema.
De pronto, recordó un video que había visto en internet hacía tiempo, donde un hombre pelaba camarones para su esposa. Le había parecido un gesto romántico, así que medio en broma y medio en serio, le pidió a Alberto que lo hiciera por ella alguna vez.
Él, acariciándole la cabeza con un tono condescendiente, le dijo algo que se le quedó grabado por mucho tiempo.
*—Mi amor, tú no eres una mujer caprichosa, ¿verdad? Esas son personas en internet que las están condicionando. Tú puedes pelar tus propios camarones, no necesitas que tu esposo lo haga por ti.*
En ese entonces pensó que tenía sentido. Tampoco se lo había tomado tan en serio; solo quería que él la mimara un poco, tener una pequeña excusa para sentirse especial.
Si él no quería hacerlo, pues no lo hacía. No le dio mayor importancia.
Pero ahora, viéndolo pelar pacientemente los camarones para Úrsula, lo entendió absolutamente todo.
No era que odiara pelar camarones; odiaba pelarlos para ella.
No era que no supiera ser romántico; era que no quería gastar su romanticismo en ella.
Desde el principio, la dueña de su corazón había sido Úrsula. Zulema nunca fue más que un triste premio de consolación.
Zulema dejó escapar un suspiro pesado, tragándose a la fuerza la amargura que amenazaba con desbordarla.
Arrancarse de tajo a la persona que habías amado durante diez años no era tarea fácil.

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