Úrsula la consoló con una voz extremadamente dulce.
—No te preocupes, yo iré a buscarte en un momento.
Milagros negó con la cabeza enérgicamente, muy seria.
—No, mi mamá no te va a dejar. Además, seguro te va a gritar.
Úrsula rio suavemente.
—Entonces dejaré que tu papá vaya por ti. Con él no dirá nada.
Los ojos de Milagros volvieron a brillar de emoción.
—¿De verdad?
—De verdad —aseguró Úrsula—. Ve empacando tus cosas y espéralo en casa, tu papá ya va en camino.
Milagros soltó un grito de alegría.
—¡Sí! ¡Eres la mejor, señorita Ursi!
Cortó la llamada y salió corriendo hacia el segundo piso. Al llegar a las escaleras, desaceleró y empezó a caminar de puntitas, silenciosa como un gato.
Al pasar frente a la puerta del estudio, pegó la oreja para escuchar. Adentro reinaba el silencio absoluto. Exhaló aliviada, corrió rápidamente a su cuarto y cerró la puerta.
Milagros abrió su armario y empezó a meter cosas en su pequeña mochila.
Metió su vestido más bonito, uno que le había comprado Úrsula hace poco. Faltaban solo dos días para el cumpleaños de su señorita Ursi, y ella iba a ir con su papá a celebrarlo.
Revolvió un poco más la ropa y guardó también una chamarrita ligera, por si hacía frío en la playa por la noche.
Cuando terminó de empacar, se puso la mochila, abrió la puerta de su cuarto y asomó la cabeza hacia el pasillo.
La puerta del estudio seguía cerrada a piedra y lodo, sin emitir ningún sonido. Salió de puntitas y bajó las escaleras sosteniéndose del pasamanos.
Justo cuando llegó al descanso de la escalera, la puerta del estudio se abrió.
Zulema salió y miró fijamente hacia abajo.
Milagros, con la mochila en la espalda, se quedó congelada en los escalones. Levantó la vista hacia su madre y parpadeó con evidente nerviosismo.
—Mami...

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