Milagros le dirigió una gran sonrisa a Zulema y preguntó:
—Mami, ¿ya están listas las albóndigas?
Zulema la observó en silencio un par de segundos y luego contestó con frialdad:
—Ya están. Ven a comer.
Dejó el plato en la mesa del comedor, se dio la vuelta y fue a la cocina por un tenedor y un plato pequeño.
Milagros saltó del sofá, corrió hacia el comedor, se subió a la silla y se saboreó al ver las albóndigas.
De pronto, levantó la mirada hacia Zulema.
—Mami, dame en la boca.
En el pasado, siempre que se lo pedía, su madre nunca se negaba. Por muy ocupada que estuviera, Zulema habría dejado lo que estaba haciendo para darle de comer.
Pero esta vez, Zulema simplemente se quedó de pie, mirándola desde arriba, con los ojos carentes de cualquier emoción.
—Come sola, tengo cosas que hacer.
Y sin más, se dio la vuelta y subió las escaleras, ignorándola por completo.
Milagros hizo una mueca, soltó el tenedor sobre la mesa e hizo un berrinche en silencio, cruzándose de brazos.
¿Por qué su mami ya no le daba en la boca? Antes no era así.
Soltó un bufido y agarró una albóndiga con el tenedor para metérsela a la boca con agresividad, como si estuviera protestando.
*Si no me das, no me des. Tampoco es que me importe,* pensó. De todas formas, la señorita Ursi sí le daría de comer en la boca, y ella era muchísimo más buena que su mamá.
Zulema solo había preparado unas cuantas albóndigas, así que Milagros terminó rápido. Miró el plato vacío, quedándose con ganas de más, pero recordando el dolor de estómago que había sufrido en la tarde, se contuvo y no pidió otra porción.
Se limpió la boca, volvió al sofá y agarró su tableta. Justo cuando encendió la pantalla, entró una videollamada de Úrsula.
Milagros giró rápidamente la cabeza hacia las escaleras y, tras comprobar que Zulema no venía, aceptó la llamada.
El rostro de Úrsula apareció en la pantalla.

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