Zulema le acarició la mejilla con ternura y su voz sonó aún más suave.
—Es precioso. Gracias, Cereza. Hiciste un gran trabajo, me encanta.
Cereza se ruborizó un poco, se retorció tímidamente y luego la miró con los ojos muy abiertos.
—Zuly, ¿puedo darte un beso?
Zulema sentía que su corazón no podía estar más feliz.
—Por supuesto.
Cereza le pasó los brazos por el cuello y le dio un sonoro beso en la mejilla. Después se escondió contra el pecho de Zulema, apenada.
Sebastián Ríos, que estaba sentado a un lado, las observaba en silencio. En sus ojos oscuros e insondables brillaba una emoción indescifrable, algo que no se dejaba leer fácilmente.
De pronto rompió el silencio; su voz profunda llenó el interior del auto, aunque su mirada conservaba un matiz calculador.
—Feliz cumpleaños, señorita Nieto. Debo admitir que no deja de sorprenderme.
Zulema volteó a verlo. El hombre vestía una camisa informal gris oscuro con las mangas remangadas, dándole un aire mucho más accesible y relajado que de costumbre.
A través de sus lentes de armazón delgado, sus ojos la observaban y en sus labios se dibujaba una media sonrisa.
—Gracias, señor Ríos —respondió Zulema. Sintió una ligera incomodidad; era evidente que el hombre todavía sospechaba que ella había manipulado la situación para que Cereza se enterara de su cumpleaños.
Aun así, no cabía duda de que era un buen padre. A pesar de desconfiar de ella, había decidido acompañarlas.
Después de casi dos horas de camino, llegaron a la playa.
La brisa marina golpeaba con su aroma a sal, el sol brillaba en lo alto, la arena era de un tono dorado pálido y a lo lejos algunas gaviotas volaban bajo.

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