A Zulema le pareció que el corazón le latía a destiempo.
Observó a Yolanda dejar el pastel sobre una mesa para abrazar a Milagros, quien soltó una carcajada mientras se acurrucaba en sus brazos.
Úrsula las miraba con cariño. Alberto, protector, colocó una mano en el hombro de Úrsula para evitar que Milagros la golpeara por accidente.
La estampa era la de una familia perfecta.
Zulema se quedó paralizada. La brisa marina le alborotaba el cabello, pero ella parecía haber perdido la sensibilidad, como si estuviera anestesiada.
De repente, sintió una pequeña mano que tomaba la suya. La dulce voz de Cereza sonó llena de preocupación.
—Zuly, ¿qué tienes?
Al bajar la mirada, vio el rostro inocente de la niña. Sus ojos eran tan puros que parecían iluminar todos esos rincones oscuros que uno prefiere ocultar.
Zulema esbozó una sonrisa forzada, reprimiendo sus emociones, y se agachó para pellizcarle la mejilla con ternura.
—No es nada, hermosa.
Cereza ladeó la cabeza, evaluándola por un par de segundos como si quisiera asegurarse de que decía la verdad. Luego, su rostro se iluminó con una sonrisa y jaló a Zulema del brazo.
—¡Allá está nuestra base secreta! ¡Te preparé una sorpresa, vamos rápido!
Zulema trastabilló un poco por el tirón, dejándose llevar sin voltear atrás.
Sebastián Ríos iba detrás de ellas. Había notado la desolación en la mirada de Zulema pero decidió no decir nada. Lanzó una mirada escrutadora hacia el otro campamento antes de reanudar el paso detrás de ellas.
A lo lejos, Yolanda sintió una extraña sensación en la espalda, como si alguien la estuviera observando, y se giró bruscamente.
La playa estaba vacía, solo se veían algunas gaviotas rasando la superficie del agua.
Sintió un repentino remordimiento. Ese día era el cumpleaños de Zulema.
Revisó su celular; en la pantalla figuraba la conversación con ella y su último mensaje: ¡Feliz cumpleaños, bebé!.

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