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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 47

—De verdad —asintió Zulema con total sinceridad—. Hoy me has dado dos sorpresas increíbles.

Cereza salió de su escondite y corrió a abrazar a Zulema, mirándola hacia arriba.

—Entonces, ¿yo también tendré un regalo en unos días?

Zulema sonrió y le dio un golpecito cariñoso en la nariz.

—Por supuesto. Dentro de unos días tendré un regalo muy especial para ti.

La niña no cabía en sí de la felicidad.

—¿En serio? ¡Yo también tendré regalo!

Cereza insistió en que partieran el pastel juntas. Zulema le sostuvo la manita para guiarla con el cuchillo. La pequeña cortaba con tanta concentración que después de cada trozo levantaba la mirada esperando la aprobación de Zulema.

Le sirvieron una buena rebanada a la niña en un plato de cartón. Cereza tomó una cucharada, se puso de puntitas y la acercó a la boca de Zulema.

—¡Tú primero, Zuly!

Zulema lo probó. El betún era excesivamente dulce, casi empalagoso, pero sintió que era el mejor pastel que había probado en su vida.

Después de comer, Zulema se fue a lavar las manos llenas de azúcar. Cerca de ahí corría un riachuelo cristalino que bajaba de la montaña.

Se acercó, se acuclilló y empezó a enjuagarse. Escuchó unos pasos acercándose por detrás.

Al voltear, vio a Sebastián Ríos, cuya imponente figura se recortaba contra la luz dorada del atardecer.

Zulema se puso de pie y se secó las manos en la falda.

—Señor Ríos, ¿se le ofrece algo?

Él no dijo una sola palabra; se limitó a sacar una pequeña caja de su bolsillo y se la entregó.

—Hace un momento te entregaron el regalo de Cereza —dijo con frialdad—. Este es el mío.

Zulema se quedó de una pieza.

Jamás imaginó que Sebastián le daría un regalo.

Desde que se conocieron, su actitud siempre había estado llena de sospechas y desconfianza, tratando de descifrar cuáles eran sus verdaderas intenciones con su hija.

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