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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 48

Zulema se quedó parada observándolos alejarse. Luego bajó la mirada hacia la cajita forrada de terciopelo que tenía en las manos.

Al abrirla, encontró una delicada cadena de oro con un dije en forma de hojita plateada.

Sonrió suavemente, cerró la caja, la guardó en su bolso y regresó a la carpa a cambiarse.

Cereza y Sebastián caminaban hacia el mercadillo. La niña estaba tan eufórica que iba saltando de lado a lado, empeñada en pisar la sombra de su papá como si jugaran al avión.

A Sebastián le costaba seguirle el paso, pero le permitía llevar su ritmo, sujetándola de vez en cuando para que no tropezara.

Echó un vistazo en la dirección en la que Zulema se había ido y un destello de frialdad cruzó por su mirada. Ya que Cereza le había rogado que viniera, aprovecharía para averiguar qué clase de hechizo le había lanzado esa mujer a su hija, o qué clase de trucos estaba empleando.

Cualquier manipulación tarde o temprano dejaría ver una grieta.

El mercadillo era modesto, apenas una docena de puestos alineados frente a la arena, ofreciendo jabones artesanales, figuritas de conchas marinas y pulseras de cuentas hechas a mano.

Cereza fijó su atención inmediatamente en el puesto de pulseras, soltó la mano de su papá y corrió hacia allá.

Las pulseras eran coloridas, tejidas con hilo de pescar transparente, cuentas variadas e incluso unas que brillaban en la oscuridad.

Todas eran piezas únicas, elaboradas a mano de principio a fin.

Cereza se recargó sobre la mesa del vendedor, señalando una en particular.

—¡Papá, esta es muy bonita!

Se trataba de una pulsera armada con cuentas de cristal azul claro, perlas y un pequeño dije de estrella de mar en el centro. Era sencilla y elegante; el complemento perfecto para Zulema.

Sebastián le echó una mirada y estaba a punto de pedirla cuando otra niña se metió bruscamente.

La mano de Milagros se lanzó hacia la misma pulsera y los dedos de ambas chocaron sobre la pieza.

—¡¿Por qué estás tú aquí?! —exclamó Milagros frunciendo el ceño profundamente.

Cereza no se dejó intimidar, retiró la mano y se puso en jarras.

—Tampoco tenía ganas de verte.

Úrsula se acercó tirada de la mano por Milagros, sonriendo.

—Mila, más despacio...

Dejó la frase a medias al encontrarse con Sebastián, y saludó con una cortés inclinación de cabeza.

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