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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 49

Los ojos de Milagros se llenaron de lágrimas de inmediato. Levantó la vista hacia Alberto con expresión lastimera, apretando ambas pulseras en su puño sin soltarlas.

—Pero, tío, estas pulseras le quedarían preciosas a la tía Ursi. Se las quiero regalar a ella.

Úrsula echó un vistazo a Cereza. Sabía perfectamente que no le convenía enemistarse con el hombre que la niña tenía detrás.

Se agachó, acomodándole el cabello a Milagros y le habló con tono suave.

—Mila, ¿qué te ha enseñado tu tía Ursi? Que los niños buenos deben saber compartir, ¿verdad?

Milagros la miró, un poco confundida, y preguntó con su vocecita inocente:

—Pero tú me dijiste que, si no quiero compartir algo, no tengo que hacerlo.

Úrsula tragó saliva; se quedó sin palabras. Desesperada, levantó la mirada hacia Alberto en busca de apoyo.

Alberto se inclinó, hablando con amabilidad pero con firmeza.

—Mila, eso no está bien. Cereza también quiere llevarle esa pulsera a su hermana mayor y tú quieres comprarla. Pueden llevarse una cada quien.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Además, la última vez que empujaste a Cereza no le pediste una disculpa. Ya que coincidieron aquí, dile que lo sientes, ¿sí?

A Milagros se le hicieron pucheros. Ella no quería disculparse. Si aquel día había empujado a Cereza, fue porque la vio aferrada a su mamá. Su mamá le pertenecía a ella; no podía ir por ahí abrazando a otras niñas.

Pero tanto su tío como Ursi la estaban mirando fijamente, especialmente Ursi, y tenía miedo de que dejara de quererla si se portaba mal.

—Está bien... —murmuró mirando al suelo, extendiendo una de las pulseras—. Perdón, Cereza, no debí haberte empujado.

Lo dijo con voz dulce, pero por dentro ardía de rabia.

Se negaba a compartir con esa niña y detestaba ver cómo su mamá consolaba y abrazaba a alguien que no fuera ella. Su madre solo debía tener atenciones para ella.

Pero como su tío y Ursi se lo ordenaban, no tuvo más remedio que obedecer.

Le ofreció la pulsera de mala gana, pensando que de todos modos su mamá jamás se enteraría de todo eso.

Cereza se quedó de pie, con los labios apretados en una línea recta.

Era obvio que ella había llegado primero y que Milagros le quería arrebatar la pulsera. Y para colmo, lo hacía ver como si le estuviera haciendo un favor al cederle una de las dos.

Sin aceptar la pulsera que la otra le tendía, Cereza tomó directamente del mostrador la pulsera azul que había escogido desde un principio. Ignorando a Milagros, se volteó hacia Sebastián.

—Papá, quiero llevarme esta para Zuly.

Sebastián le dedicó una pequeña sonrisa.

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