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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 53

—Dejemos eso en el pasado, Felipe —Zulema apartó esos recuerdos y, justo cuando estaba por salir, vio una silueta por el rabillo del ojo.

Úrsula cruzaba el pasillo desde el otro extremo. Pasó junto a ellos sin siquiera mirarlos, empujó la puerta de cristal y salió.

La mirada de Zulema la siguió instintivamente.

Frente a la entrada del Instituto estaba estacionada una lujosa camioneta negra. Alberto bajó del asiento del conductor. Llevaba un traje negro a la medida, la corbata perfectamente anudada y, de pie junto al auto, parecía un modelo salido de la portada de una revista.

Su mirada pasó por encima de Úrsula y se clavó directamente en la figura vestida de rojo que estaba junto a Felipe.

Zulema estaba de pie en las escaleras. La brisa nocturna movía ligeramente el borde de su vestido rojo y su cabello suelto enmarcaba su elegante cuello y clavículas. Ella no lo estaba mirando; tenía la vista puesta en Felipe mientras conversaban, y su perfil lucía suave y hermoso bajo la luz del anochecer.

La mirada de Alberto se congeló. Un destello de asombro cruzó sus ojos, pero de inmediato frunció el ceño.

Era la misma sensación de ver a alguien más tocando algo que le pertenecía. Aunque él mismo lo hubiera desechado, ver a otro hombre cerca de ella le revolvía el estómago.

¿Por qué estaba vestida así? ¿A quién intentaba seducir?

Úrsula llegó hasta él, se aferró a su brazo, levantó el rostro y le sonrió.

—Mi amor, vámonos.

Desde las escaleras, Felipe observó la escena con frialdad.

Zulema notó cómo la actitud de su amigo cambiaba de inmediato y le tiró de la manga.

—Felipe...

Pero antes de que pudiera detenerlo, él ya estaba bajando los escalones. Se plantó frente a Alberto, miró fijamente cómo Úrsula se aferraba a su brazo, y sus ojos se volvieron de hielo.

—Vaya, David, cada día te pareces más a tu hermano Alberto.

Giró la cabeza y le sonrió a Zulema.

—¿No crees, Zuly? Si uno no supiera la verdad, juraría que el que está parado aquí es el propio Alberto.

El rostro de Alberto palideció. Su mano, que sostenía la cintura de Úrsula, se tensó tanto que los nudillos se le pusieron blancos.

Úrsula frunció el ceño instintivamente y su cuerpo se puso rígido.

El aire pareció congelarse en ese instante.

De pronto, Alberto esbozó una sonrisa y atrajo a Úrsula más hacia él.

—Qué buen sentido del humor, doctor. Alberto y yo éramos gemelos, cualquiera que nos haya visto dirá que somos idénticos. He escuchado ese comentario tantas veces que ya no me sorprende.

Felipe lo miró con una sonrisa cínica.

—Claro. Estoy seguro de que, si Alberto estuviera vivo y viera que Zuly por fin quiere empezar una nueva vida, estaría inmensamente feliz por ella.

El ceño de Alberto se hundió de golpe.

—¿Qué estás diciendo?

Felipe no se molestó en responderle. Soltó una risa seca, se dio la vuelta, caminó hacia Zulema y, con toda la naturalidad del mundo, le tomó la mano.

—Nada, tómalo como los desvaríos de un viejo amigo que se preocupa por ella.

Dicho esto, la guio hacia el estacionamiento, pasando olímpicamente de ellos.

Alberto se quedó clavado en su sitio, viendo cómo ambas figuras se alejaban. El vestido rojo de ella parecía una llamarada en medio del atardecer.

Ver a Felipe caminar a su lado con tanta intimidad hizo que Alberto sintiera que le ardía la sangre.

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