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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 54

Zulema miraba las calles iluminadas a través de la ventana. Su expresión era de una calma absoluta.

—Felipe, a quien quiero dejar ir es a mí misma.

Había madurado mucho en estos años y no tenía la más mínima intención de seguir enredada en ese drama tóxico.

Felipe abrió la boca para replicar, pero Zulema giró la cabeza y lo miró con unos ojos llenos de determinación.

—Pero todo lo que le di a Alberto, lo voy a recuperar, centavo a centavo.

Felipe la observó un instante y se tragó las palabras. La conocía desde hacía más de una década y sabía perfectamente cómo era.

Podía parecer dócil y complaciente casi todo el tiempo, pero cuando tomaba una decisión, ni un huracán podía moverla.

Él suspiró y le acarició la cabeza.

—Está bien. Mientras sepas lo que haces, cuentas conmigo.

El auto cruzó el puente sobre el río, donde las luces de la ciudad se reflejaban en el agua oscura, rompiéndose en miles de destellos.

Zulema se recostó en el asiento y dejó que su mente vagara.

Cereza no la había llamado en todo el día. Seguro Sebastián la había llevado a alguna de esas clases extracurriculares que tanto odiaba. La niña le había confesado que detestaba el piano, pero que su papá la obligaba a ir.

Al recordar a Cereza con las manos en la cintura quejándose de lo pesado que era su papá, a Zulema se le escapó una sonrisa. La verdad, ya la extrañaba un poco.

Poco después, llegaron al lugar de la gala. Era una antigua mansión remodelada, convertida en un club privado sumamente exclusivo.

Felipe le entregó las llaves al valet parking, se arregló los puños de la camisa y miró a Zulema.

—¿Lista?

Ambos se registraron en la entrada y empujaron las pesadas puertas del salón principal.

La decoración destilaba un lujo clásico y elegante. Los meseros se abrían paso entre los invitados ofreciendo copas de champán. La crema y nata de la ciudad ya estaba allí, formando pequeños grupos de conversación de donde brotaban las risas típicas de la gente con poder.

Felipe tenía una excelente reputación en su gremio. Sus habilidades médicas eran indiscutibles, y el solo hecho de ser el protegido del doctor Xavier Ortiz era suficiente para que cualquiera lo tratara con respeto.

Apenas dio un paso en el salón, alguien se acercó con una copa en la mano.

—Doctor Felipe, qué gusto verlo de nuevo.

Felipe sonrió con cortesía, brindó con él e intercambiaron las formalidades de siempre.

El hombre miró a Zulema de reojo, detuvo su mirada en ella por un segundo y asintió cortésmente.

Zulema le devolvió el gesto sin decir una palabra. Los años con la familia Fajardo le habían enseñado a ser un adorno perfecto en este tipo de eventos; mientras menos hablara, menos posibilidades tenía de equivocarse.

Felipe la guio hacia el centro del salón, susurrándole al oído quién era quién entre los invitados.

Zulema lo escuchaba atenta, pero aunque recorrió el lugar con la mirada, no vio a Sebastián Ríos por ninguna parte.

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