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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 55

—¿Tú representas al Instituto? ¿Y qué beneficio exacto le vas a conseguir? Hay que saber reconocer el lugar de cada uno, Zulema. Una mujer como tú, que lleva años sin trabajar...

Hizo una pausa y la recorrió de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio.

—No vales absolutamente nada.

Zulema esbozó una sonrisa relajada.

—¿Así que tu gran valor, cuñada, es venir aquí a pelear conmigo en lugar de estar buscando inversionistas para el Instituto?

El rostro de Úrsula cambió de color.

—¿Crees que disfruto hablar contigo? Lo hago porque me aterra que pongas en vergüenza al Instituto y a la familia Fajardo.

Zulema asintió lentamente, clavando sus ojos en ella con una tranquilidad pasmosa.

—Entonces el problema es tu falta de capacidad.

Úrsula se quedó atónita.

—¿Qué dijiste?

—Dije que, si tuvieras verdadera capacidad, yo no tendría forma de hacerte quedar mal. Si fueras lo suficientemente profesional, tú sola podrías sostener el prestigio del Instituto sin preocuparte por lo que haga o deje de hacer yo. En el fondo, sabes que no das el ancho, y por eso te aterra que alguien más te hunda.

Úrsula palideció. Se había quedado sin argumentos.

Muy en su interior sabía que era cierto. Su posición en el Instituto nunca se había basado en sus méritos académicos, sino en el respaldo de los Fajardo.

Sin Alberto, ella no era nadie en ese círculo.

Zulema, en cambio, era la alumna estrella del doctor Xavier Ortiz y tenía un historial impecable de investigaciones reales. Cosas que Úrsula jamás podría comprar.

Estaba a punto de contraatacar cuando, de reojo, vio a Alberto caminando hacia ellas.

Los ojos de Úrsula brillaron con malicia. Agarró una copa de champán de la mesa y, con un movimiento tan rápido que casi fue imperceptible, tomó el brazo de Zulema con fuerza, dedicándole una sonrisa macabra.

Antes de que Zulema pudiera reaccionar, Úrsula se vació toda la copa de champán sobre su propio escote.

Dejó escapar un grito ahogado, dio un paso atrás tropezando torpemente, y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

Al escuchar el grito, Alberto aceleró el paso. Cuando llegó y vio la escena, sus ojos se oscurecieron de inmediato.

—¡Zulema! ¡Qué demonios crees que estás haciendo!

Zulema observó la escena con absoluta indiferencia. Era patético.

No era la primera vez que veía este teatrito. Úrsula era una experta en hacerse la víctima.

Antes, Zulema hubiera intentado defenderse; ahora, solo le daba pereza.

—Hay cámaras de seguridad —dijo Zulema con voz firme y clara.

Úrsula se tensó, pero rápidamente bajó la cabeza y escondió el rostro en el pecho de Alberto. Sus hombros comenzaron a temblar y su voz salió entrecortada.

—David... yo solo quería darle un buen consejo, pero no sé qué le pasó, de repente se puso como loca...

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