La puerta se cerró suavemente.
La habitación volvió a quedar en un silencio absoluto, con las sombras estirándose largas y pesadas sobre el suelo.
La mirada de Sebastián se volvió de hielo. Sacó su celular y marcó el número de su asistente.
—Esta noche, el Instituto Metropolitano de Ciencias queda fuera de los candidatos para las subvenciones.
El asistente, sorprendido, se quedó mudo por un segundo.
—¿Por qué, señor? Usted tenía planeado evaluar al Instituto, y considerando que hace poco hicimos una inversión...
La voz de Sebastián cortó como una navaja.
—¿Acaso eres tú el jefe aquí?
El silencio al otro lado de la línea fue inmediato.
—Entendido, señor. Me encargo de inmediato.
Sebastián colgó y dejó el celular sobre sus rodillas. Comenzó a pasar la yema del dedo por el borde de su copa de champán y una media sonrisa apareció en sus labios, aunque sus ojos seguían oscuros.
Quería ver qué trucos inventaría Zulema ahora.
El pasillo estaba desierto. Zulema salió del vestidor con la falda de seda verde esmeralda acariciándole los tobillos a cada paso.
Soltó un largo suspiro, pero la presión en su pecho seguía intacta.
Al doblar la esquina, chocó de frente con alguien que caminaba a toda prisa.
Era Felipe. Al verla, se frenó en seco y frunció el ceño.
—Escuché que hubo un altercado en el salón hace un rato y lo primero que pensé fue en ti.
Sus ojos bajaron hacia el vestido nuevo y su expresión se endureció.
—¿Por qué te cambiaste? ¿Fuiste tú la del problema?
Hizo una pausa, temiendo la respuesta.
—Dime que no fueron Alberto y Úrsula.
Zulema forzó una sonrisa tranquila.
—No pasa nada, Felipe. Ya está resuelto.
—¿Resuelto? —Felipe estaba furioso—. ¿Te arruinaron el vestido, verdad? Si no, ¿por qué tendrías que cambiarte?
Zulema no quería darle detalles. Conocía el temperamento de su amigo; si se enteraba de todo, armaría un escándalo ahí mismo. Aún no habían conseguido los fondos y no valía la pena desperdiciar energía en Alberto y Úrsula.
Pero Felipe no estaba dispuesto a dejarlo pasar. La tomó del brazo con firmeza.
—Vamos. Voy a decirles un par de cosas.
Zulema lo detuvo tomándolo de la muñeca.
—Ya basta, Felipe. Vinimos a trabajar. No perdamos el tiempo peleando con gente que no vale la pena.

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