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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 60

La señora Julia se quitó los lentes de lectura, los dejó sobre el escritorio y dejó escapar un largo suspiro.

—Supongo que el señor Ríos está intentando hacer una limpieza en su círculo. Es muy probable que alguien haya estado aprovechándose de sus donaciones para llenarse los bolsillos.

Zulema, de pie junto a la ventana, asintió.

—Por eso no tenemos por qué sentirnos mal de no haber conseguido la subvención. El señor Ríos ya ha invertido muchísimo en equipos y fondos; sigue siendo el mayor benefactor del Instituto.

Julia la miró a ella y luego a Felipe, y su tono se volvió maternal.

—No se mortifiquen por esto. Seguro habrá más oportunidades en el futuro.

—Yo no estoy triste en lo absoluto —Zulema se giró, y la luz del sol perfiló su rostro con un brillo dorado—. Más bien siento lástima por él. Todos estos años no ha hecho más que alimentar a una manada de hienas.

Felipe, recargado en el marco de la puerta, soltó una carcajada.

—Me pregunto a cuántos habrá decapitado ayer después de la fiestecita.

Los tres compartieron una sonrisa cómplice y no le dieron más vueltas al asunto.

Julia volvió a ponerse los lentes e hizo un gesto con la mano.

—Bueno, ya, regresen al trabajo.

Zulema salió de la oficina y se dirigió a su escritorio.

Sobre su mesa había una montaña de datos de laboratorio, repletos de anotaciones en rojo. Se sentó y estaba a punto de retomar su trabajo cuando una sombra cayó sobre ella, tapándole la luz.

Levantó la vista y se encontró con Úrsula de pie frente a ella, con una expresión cargada de veneno.

Zulema soltó la pluma, se recargó en el respaldo de la silla y la observó en silencio.

Úrsula no se anduvo con rodeos.

—¿Tú ya sabías que iban a cancelar los fondos ayer, verdad?

¿Saberlo antes o después importaba de algo? Zulema encontró la pregunta simplemente estúpida.

¿Acaso tenía que darle explicaciones a ella? Le lanzó una mirada despectiva, no dijo una sola palabra, volvió a tomar su pluma y siguió revisando sus documentos.

La sangre le hirvió a Úrsula. La humillación de haber sido expulsada como un perro por el asistente de Ríos la noche anterior seguía quemándole el pecho, y ver la actitud soberbia de Zulema fue la gota que derramó el vaso.

Sin importarle quién escuchara, alzó la voz para que todos en el laboratorio se enteraran.

—¿Te parece muy divertido, Zulema? ¿Te parece justo arruinar el trabajo de todo el Instituto solo para vengarte de mí?

Todos los colegas alrededor levantaron la vista de inmediato.

Úrsula no bajó el tono.

—¿De verdad crees que nuestros problemas personales valen más que el futuro de este lugar?

Con esa simple frase, las miradas que cayeron sobre Zulema cambiaron de inmediato. Algunos colegas comenzaron a murmurar entre ellos, mirándola con sospecha y reproche.

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