Cuando Zulema y Cereza llegaron a la entrada del parque de diversiones, el lugar ya estaba lleno de gente.
Había vendedores de globos, puestos de algodón de azúcar y comerciantes con diademas de personajes abriéndose paso entre la multitud.
Cereza miraba hacia arriba, deslumbrada.
—¡Zuly, qué lugar tan bonito! Mi papá nunca me ha traído, siempre está muy ocupado.
—¿Qué quieres comer, Cereza? —Zulema se agachó y le preguntó con una sonrisa.
Afuera del parque había una fila de restaurantes de todo tipo, desde comida rápida hasta lugares de pizzas y hamburguesas.
La verdad era que Cereza no quería comer nada de ahí. Lo que más anhelaba era la comida de Zuly; todavía recordaba a la perfección el sabor de aquella crema dulce de calabaza y avena del día anterior.
Pero sabía que no podía ponerse a jugar con el estómago vacío. Inclinó la cabeza pensativa y terminó escogiendo una cafetería que tenía un osito dibujado en la puerta.
Entraron, se sentaron, y Zulema le dijo que primero irían a lavarse las manos.
Zulema le arremangó la ropa a Cereza y abrió el agua tibia. A su lado, una mujer joven también estaba lavándole las manos a su pequeña hija, una niña de la edad de Cereza con dos trenzas.
La mujer miró a Zulema, luego a Cereza, y habló con una sonrisa.
—¿Es tu hija? Es hermosa.
Zulema iba a explicar la situación, pero Cereza ya le había agarrado la mano y se adelantó.
—¡Sí! Gracias, señora, su hija también es muy linda.
La mujer se rió encantada por los modales de Cereza, bajó la vista hacia su propia hija y le dijo:
—Mira qué educada es la niña.
Luego tomó de la mano a su pequeña y salieron del baño.
Zulema miró hacia abajo a Cereza. La niña alzó el rostro y le guiñó un ojo, con una expresión de absoluto orgullo.
A veces, Zulema se preguntaba cómo era posible que una niña tan pequeña fuera tan increíblemente extrovertida. No le tenía el menor miedo a los extraños y sus palabras eran tan dulces como si se hubiera bañado en miel.

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