Como no había nadie más, ella se había convertido en la última alternativa.
Una punzada de amargura le subió desde el pecho hasta la garganta, pero la tragó con esfuerzo.
—Entonces ve a buscar al Tío Héctor, Mila. Yo estoy ocupada, tengo que colgar.
Colgó la llamada, dejó el celular sobre la mesa y soltó un largo suspiro.
Cereza, sentada frente a ella, la miraba fijamente en silencio. No preguntó nada, solo extendió su manita y empujó unos dulces hacia el lado de Zulema, usando la única forma que conocía para consolarla.
Zulema la miró y sonrió, sintiendo un calor reconfortante en el pecho.
—No pasa nada, a comer, Cereza.
Milagros se quedó mirando el teléfono después de que le colgaran, con el ceño fruncido.
Hizo un puchero molesto, saltó de la cama y bajó corriendo las escaleras. Hortensia estaba en la sala limpiando la mesita cuando escuchó los pasos y levantó la cabeza.
—Señora Hortensia, ¿cuántos días hace que no vuelve mi mamá? —preguntó Milagros.
Hortensia se detuvo un momento.
—La señora ha estado muy ocupada con el trabajo últimamente.
—Últimamente está súper ocupada, ni siquiera tiene tiempo de llevarme al parque. Antes, si quería ir, no importaba qué tan ocupada estuviera, ella venía conmigo.
Milagros bajó la cabeza.
—Siento que mamá ha cambiado, ¿de verdad tiene tanto trabajo?
Hortensia abrió la boca y la volvió a cerrar. ¿Qué podía decir? ¿Que no era la señora la que había cambiado, sino el señor Alberto?
Ella era solo la empleada, decir algo así era cruzar un límite enorme. Así que solo sonrió con suavidad.
—Señorita Milagros, su mamá la ama mucho, si no pudo ir, de seguro es porque en serio no puede desocuparse.
Milagros lo pensó un poco y le dio la razón.
Su mamá era quien más la quería. Después de consolarse a sí misma, su carita se iluminó de nuevo. Dio media vuelta, subió las escaleras, agarró su tablet y siguió viendo dibujos animados.

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