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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 89

Felipe, de pie detrás de ella, se percató del leve temblor en sus hombros. Sabía que para alguien acostumbrado a estar sumergido en un laboratorio sin enfrentar directamente las tragedias humanas, el impacto emocional no era nada ligero.

Puso una mano sobre su hombro y le dio un par de palmadas reconfortantes. Su voz sonó cálida.

—Vámonos, Zulema. Tenemos que esforzarnos aún más.

Zulema se limpió las lágrimas y, cuando levantó el rostro nuevamente, sus ojos brillaban con una nueva determinación.

—Vámonos, Felipe.

No sabía cuánto tiempo les tomaría terminar el proceso, ni cuál sería el próximo obstáculo, ni cuántos retos más les esperaban después de la primera fase clínica.

Pero sabía que esos niños no podían darse el lujo de esperar demasiado. Tenía que esforzarse aún más para lograr que las personas dejaran de sufrir los estragos de esa enfermedad.

Apenas Zulema y Felipe salieron al área principal, vieron a dos figuras familiares caminar hacia ellos, seguidas de una voz alegre y cristalina.

—¡Zuly!

Al alzar la mirada, Zulema vio a Cereza corriendo hacia ella a toda velocidad. Antes de que pudiera prepararse, la niña chocó de lleno contra su cuerpo; el impacto fue tal que Zulema tuvo que dar medio paso atrás para estabilizarse.

Cereza levantó la mirada, riendo. Sus ojos relucían de alegría.

—Zuly, ¡te extrañé muchísimo!

Zulema no pudo evitar sonreír. Apenas llevaban un día o dos sin verse; Cereza era tan cariñosa.

Bajó la mirada hacia la niña. Ya no tenía el parche para la fiebre en la frente, su rostro había recuperado su color habitual y se veía completamente llena de energía.

—¿Por qué estás en el hospital, Zuly? ¿Te sientes mal? —preguntó Cereza ladeando la cabeza, inspeccionándola de arriba a abajo.

Zulema negó con la cabeza.

—Solo vine a hacer unos asuntos de trabajo.

Cereza suspiró aliviada y luego apretó la mano de Zulema con más fuerza.

—Zuly, este fin de semana mi escuela organizará un campamento de verano. ¿Me podrías acompañar? ¡Por favor!

Zulema lo meditó por un instante. Recordó que este fin de semana no tenía programada ninguna jornada en el laboratorio.

—Claro que sí.

Cereza dio un salto de alegría. Fue entonces cuando Zulema pareció recordar algo y levantó la mirada. Pasando por encima de la cabeza de Cereza, sus ojos se detuvieron en el hombre que estaba de pie a un par de metros de distancia.

Sebastián Ríos permanecía ahí. Su impecable traje gris oscuro acentuaba el aura gélida que siempre lo rodeaba. Su sola presencia emanaba un aire de intimidación absoluto.

Zulema se enderezó y asintió hacia él, asumiendo un tono de voz que sonó más respetuoso de lo que pretendía.

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