De pronto, Milagros frunció sus pequeñas cejas, se separó un poco mientras seguía abrazada del cuello de Zulema, y le escrutó la cara por un par de segundos.
—Mamá, ¿viniste tú solita? ¿Por qué viniste?
Zulema acomodó a la niña en sus brazos para que no se escurriera, y contestó con indiferencia:
—Pasaba por aquí de casualidad.
Prefirió no decirle que estaba allí con Cereza. No tenía caso añadir más leña al fuego en medio del alboroto que ya había. Mila acababa de llevarse un buen susto y su rodilla aún sangraba; además, ella tenía que regresar por Cereza, que seguía esperando con la maestra Gisela.
La respuesta dejó a Milagros más tranquila. Sabía que su mamá la quería solo a ella, ¡era su único tesoro!
La niña volvió a hundir su carita en el hombro de Zulema y habló en un tono bajito:
—Mamá, ya no quiero jugar más. Me quiero ir a mi casa, llévame tú, por favor.
Zulema guardó silencio unos segundos, bajó a Milagros de sus brazos, se arrodilló a su altura y le explicó:
—Mila, voy a llevarlas a la señorita Ursi y a ti a que las revise el doctor, ¿está bien? Mira que la señorita Ursi también se lastimó por tratar de defenderte.
Milagros volteó a ver a Úrsula.
Tenía la falda llena de barro y el pelo le caía alborotado sobre la mitad de la cara. Se veía agotada y destrozada.
Milagros recordó cómo la había protegido hacía unos momentos, y la tristeza de lo ocurrido se mezcló con un fuerte sentimiento de cariño hacia ella. Se dio la vuelta y asintió hacia Zulema:
—Sí, pero vienes con nosotras.
—Las llevaré hasta la ambulancia. —Zulema hizo una pausa—. Mamá tiene que hacer otras cosas.
Milagros frunció un poco la boca, pero no protestó. Ya había sufrido un susto enorme ese día como para andarse con caprichos.
Se limitó a darle otro abrazo a Zulema y luego la soltó.
Cuando llegó la ambulancia, Zulema ayudó a Milagros a subir y luego tendió una mano a Úrsula. La joven temblaba ligeramente; el susto había sido terrible.
Al dejar todo resuelto y volver a la zona de acampar, Zulema se encontró a Cereza esperándola muy quieta sobre la manta de pícnic que habían dejado frente a la tienda.

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