—La guerra está declarada.
El Señor Molina tenía el rostro lleno de preocupación.
Al verlo tan desanimado, la Señora Molina se alarmó aún más. —Nuestro negocio textil se fue a la quiebra. Pusimos casi todo nuestro patrimonio en el sector salud para intentar levantarnos, y ahora...
Miró a Yanina con angustia.
Yanina no dudó en intervenir. —En cuanto llegue a casa, hablaré con mi padre. Le pediré que se prepare contra ese militar.
El Señor Molina suspiró, aliviado. —Muchas gracias, hija.
De verdad habían conseguido a la nuera perfecta. Su familia era poderosa, tenían influencias y, además, ella siempre pensaba en el bienestar de la familia de su marido.
Que Adán se hubiera divorciado de Viviana por Yanina fue la decisión más inteligente de su vida.
Yanina miró a Leandro, quien yacía en la cama, quieto como un muerto.
—Cuñado, tienes que ser fuerte. Colabora con el tratamiento para que te hagan el trasplante de córnea lo antes posible.
—Mmh —murmuró Leandro, sin ganas.
Yanina apretó las manos. —Cuando Farmacéutica Amoris apenas empezaba, estábamos dando pasos a ciegas. Sin tu liderazgo, no habríamos llegado a nada. Invertimos casi toda nuestra fortuna ahí. Farmacéutica Amoris es la esperanza de todos.
—Mmh —repitió Leandro, sin moverse.
Era la hora en que los médicos retomaban sus turnos. La Señora Molina tenía que ir al área de consultas.
Toda la familia la acompañó, dejando a Leandro, ciego y solo, en la habitación.
—Ayúdame a levantarme —dijo, golpeando la cama.
El guardaespaldas se acercó de inmediato. —¿Qué necesita, Señor Corona?
—Llévame al baño.
El guardaespaldas lo ayudó a sentarse, le puso los zapatos y lo sostuvo por el brazo.
El pasillo hacia el baño era estrecho. Al caminar uno al lado del otro, el hombro de Leandro rozaba contra la pared.
—Con cuidado, ya llegamos —dijo el guardaespaldas, abriendo la puerta.
Leandro levantó el pie para subir el pequeño escalón, pero calculó mal en la oscuridad y se golpeó los dedos contra el marco.
—¡Ah!
El guardaespaldas ajustó su agarre rápidamente.
Puso una mano grande en la espalda de Leandro. —Inclínese un poco, cuidado de no golpearse la cabeza con el marco de la puerta.
Leandro obedeció, encorvándose para entrar con su pie lastimado a rastras.
Sin saber dónde estaba parado, confió ciegamente.
El guardaespaldas levantó la tapa del inodoro, lo hizo dar dos pasos y le indicó: —Aquí es. Solo siéntese.
—Mmh. Sal de aquí —ordenó Leandro, apretando los puños.

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