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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 440

La inmensa puerta principal se abrió.

Un joven muy apuesto, vestido de traje impecable, los recibió con una gran sonrisa.

—Bienvenida a casa, tía Celeste.

—Sí, ya llegué —respondió ella alegremente, empujando el carrito con tanta rapidez que las ruedas casi sacaban chispas sobre los azulejos.

El joven observó a las visitas.

La Señora Quintana forzó su mejor sonrisa.

—Somos todos familia, muchacho, no te preocupes por nosotras. ¡Ve y ayuda a Celeste con las compras!

El joven mantuvo su sonrisa profesional.

—Será un placer ayudarla. Ustedes siéntanse libres, si necesitan algo no duden en llamarme. Soy Ferrer, el asistente personal de estilo de vida.

Madre e hija se quedaron de piedra viendo cómo Ferrer se alejaba.

—Sofía está en las grandes ligas... ¡Hasta tiene un asistente personal! —A Sandra le temblaba la voz.

La Señora Quintana se aferró del brazo de su hija.

—Cuando Sofía vivía con nosotros, ella y mi hijo trabajaban todo el mes para ganar entre trescientos y cuatrocientos mil. ¡Y ella nos hacía de comer y nos cuidaba! Ahora, contrata un asistente personal y tiene gente cocinando para ella. ¿Acaso está ganando tres o cuatro millones al mes?

Al ser personas que siempre habían vivido al día, la tacañería estaba impregnada en sus huesos.

A menos que hubieran conseguido una fortuna gigantesca, de esas que te garantizan no trabajar nunca más en tu vida, no gastarían ni un peso extra.

Los pobres trabajan hasta caer muertos; es lo único que saben hacer.

¡Guau, guau, guau!

De repente, una perrita gordita apareció corriendo.

Sandra, con ojo de lince, exclamó:

—¡Es la perrita de Sebastián! La que traía en la bicicleta.

Los perros nunca muerden a quienes consideran de su propia casa.

La Señora Quintana se agachó intentando acariciarla.

—A ver, preciosa, déjame verte. ¿Desde cuándo Sofía tiene un perrito tan lindo? Qué cosita tan adorable.

Pero lo que realmente captó la atención de la Señora Quintana fue el collar de la perrita.

Siguiendo la fina cuerda roja, descubrió que el dije era un anillo de compromiso. Brillaba intensamente y tenía un diseño exquisitamente detallado.

—¿Un anillo de compromiso? —Los ojos de la Señora Quintana brillaron con avaricia.

—A ver... —Sandra también se agachó para mirarlo de cerca.

Madre e hija empezaron a murmurar entre ellas.

Sofía era tan obscenamente rica que hasta el perro de la familia traía un diamante al cuello.

A Sandra se le retorció la boca de la envidia.

—Literalmente, vivimos peor que un perro.

La Señora Quintana miró de reojo las manos de su hija.

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