—Ya lo pidió ella, no hace falta que se preocupen por nosotras.
Tras pensarlo un poco, decidió usar a Ana; la niña era inocente y fácil de dirigir.
—Anita, ¿dónde está tu mamá? —La señora Quintana sacó una gruesa pulsera de oro—. Llévale esto a tu mami y dile que salga un momento, por favor.
Apenas terminó de hablar, se escuchó el sonido de una puerta corrediza en algún lugar de la sala de estar.
—¡Papi! —Ana levantó sus piernecitas y corrió con los brazos abiertos.
La mirada de la señora Quintana siguió a la pequeña.
Por el pasillo de la sala, apareció un hombre tan imponente y alto que cualquiera tendría que alzar la vista para mirarlo a la cara.
El hombre levantó a Ana en brazos.
—¡Papi! ¡Tenemos visitas!
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
Ana señaló con su dedito.
El hombre miró hacia donde estaban, apretó ligeramente sus finos labios y esbozó una leve sonrisa.
—¿Y ustedes son...? —preguntó mientras se acercaba.
La señora Quintana y Sandra retrocedieron un par de pasos al unísono.
—Somos la suegra y la cuñada de Sofía, ¿y tú? ¿Tú quién eres?
—Es mi papá —respondió Sebastián con el rostro serio, usando un tono extremadamente formal.
—Pero tu papá no es Lean… —Sandra se tapó la boca de golpe.
Estaba completamente en shock.
Más allá de que los niños llamaran "papá" a un completo desconocido con aura de aristócrata, lo que más le volaba la cabeza era que Sofía, una mujer divorciada y con dos hijos a cuestas, hubiera logrado pescar a un hombre que parecía sacado de un sueño inalcanzable.
—Me llamo Lorenzo Lira, heredero del Grupo Lira en Rosarito —se presentó él con una sonrisa educada—. Sofía y yo nos amamos profundamente. Hemos atravesado tormentas juntos y nos hemos elegido el uno al otro. Ahora somos una familia de cuatro, feliz y unida.
¿Heredero del Grupo Lira en Rosarito...?
¡Ese era el hijo de la familia más rica y poderosa del país!
La señora Quintana se llevó una mano a la frente, tambaleándose, incapaz de mantenerse en pie.
—¡Mamá! —a Sandra se le acababa de hacer añicos su fantasía. Su millón de pesos... ¡Adiós a su dinero! Se le llenaron los ojos de lágrimas.
¿Qué más se podía decir?
Si comparaban a Iván con ese hombre, Iván no le llegaba ni a la suela de los zapatos.
—¡Qué estupidez! ¡Nuestra familia ha cometido una gran estupidez! —sollozó la señora Quintana, con lágrimas de vieja amargura rodando por sus mejillas.
—Hemos perdido demasiado... —lloriqueó Sandra.

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