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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 442

—¡Iván invirtió todo en Farmacéutica Amoris! ¡Hasta hipotecó la casa donde vivimos! ¡No tiene dinero!

—¡Si sigues presionándolo para dividir los bienes, te juro que... me mudaré a tu casa hoy mismo!

—¡No me voy de aquí!

La señora Quintana se dejó caer pesadamente sobre el sofá de cuero.

Sandra la imitó, murmurando:

—Esta casa es tan lujosa... debe ser una maravilla vivir aquí.

La señora Quintana le acarició el dorso de la mano a su hija.

—Justo ahora que te vas a divorciar y no tienes adónde ir con tus tres hijos. Nos mudaremos las cuatro y disfrutaremos un poco de esta buena vida.

Madre e hija, compinchadas, se adueñaron del sofá.

Sofía intercambió una mirada con Lorenzo.

—Vamos a comer —dijo él. Sosteniendo a Ana, pasó un brazo protector por los hombros de Sofía.

Sofía tomó a Sebastián de la mano y los cuatro se dirigieron al comedor.

Sandra hizo un puchero.

—¿No dijeron que nos invitaban a la comida familiar?

Miró con resentimiento a Sofía y al heredero de los Lira, que se fueron a comer por su cuenta sin hacerles más caso.

Después de todo el escándalo de la mañana, Sandra estaba muerta de hambre.

Además, estando en la casa de unos multimillonarios, donde seguro hasta el perro llevaba collares con incrustaciones, se moría de ganas de probar los manjares exóticos que debían servir.

—Aguanta un poco más —resopló la señora Quintana con desdén—. Ya verás, Sofía a lo mucho aguantará hasta la noche antes de venir a rogarnos.

Sin embargo, antes de que Sofía y su familia terminaran de comer, Iván hizo su aparición.

La señora Quintana vio cómo Ferrer guiaba a un demacrado y pálido Iván por la puerta.

Saltó del sofá como un resorte, agarró a Iván por los hombros y lo zarandeó con todas sus fuerzas.

—¡Mira! ¡Abre bien los ojos y mira! ¡Mira lo que perdiste, pedazo de idiota!

Las violentas sacudidas hicieron que Iván encorvara la espalda.

—Vámonos —su voz era tan baja que parecía arrastrarse por el suelo.

—¡Eres un inútil! ¡Tenías a una mujer hermosa y capaz, a dos hijos listos y valiosos, y lo echaste todo a perder!

¡Aaay, aaay...!

Un llanto parecido al de un animal herido resonó en la sala de estar.

Lorenzo se acercó con pasos tranquilos.

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