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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 536

—¡Ese se llama Leandro Corona y es un hombre muy malo!

Sebastián infló su pequeño pecho y lo acusó en voz alta.

La maestra dejó de analizar a Leandro y apartó a los hermanitos a un lado, dejando espacio para que los demás padres recogieran a los otros niños.

—Pequeños, seguro es un malentendido. —La joven maestra miró de reojo a Leandro y sintió que las mejillas le ardían.

Qué hombre tan guapo.

Imponente y elegante.

Toda esa ropa costosa y su actitud demostraban que era un empresario inmensamente rico.

Era imposible que fuera un secuestrador de niños.

Sin embargo, Sebastián levantó su bracito, arremangó su chaqueta de invierno y activó su reloj inteligente.

Con su vocecita infantil, reportó a emergencias: —¡Policía! Quiero reportar algo. En la entrada del Colegio Infantil Frutos de Oro, en la avenida central, hay un hombre malo que quiere robarse a los niños...

Leandro no lo pensó dos veces y echó a correr con sus largas piernas.

Llegó frente a los bebés como un torbellino.

—Sebas... —Se puso en cuclillas, quedando a la altura de Sebastián, y suplicó con voz humilde—: Solo vine a verlos, no voy a hacer nada más. No hagan esto, ¿sí?

—¡Déjanos en paz! —Ana se abalanzó de repente, agarró a Leandro de una oreja con su manita, se puso de puntillas y le jaló el lóbulo con todas sus fuerzas—.

¡No molestes a mi hermanito!

Sus deditos pellizcaron la parte más suave de la oreja.

Clavó las uñas y, de paso, le arrancó un mechón de cabello.

Una ola de humillación, como agua hirviendo, cayó sobre Leandro. Sintió que el rostro le quemaba.

En sus 29 años de vida, nadie jamás se había atrevido a tocarle una oreja, y mucho menos a arrancarle el pelo.

Se puso rojo como un tomate.

Levantó la mano para cubrirse la oreja, intentando calmar a Ana, que ni siquiera las maestras lograban despegar.

Pero en el instante en que sus dedos rozaron la manita de la niña...

¡Plaf!

—¡No me toques! —La pequeña le dio un manotazo.

No le dolió; fue como el rasguño de un gatito.

Pero el sonido fue tan fuerte que resonó en el aire, multiplicando su vergüenza.

A su alrededor, estallaron las risas de adultos y niños por igual, todos burlándose del espectáculo.

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