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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 535

—¡No me molestes!

Empujó a Benito a un lado.

Comenzó a alisarse el traje que había sido ligeramente desacomodado, tiró de las mangas, ajustó su cuello y perfeccionó su postura.

Se quedó ahí parado, imponente y elegante.

Benito, viendo que era inútil, no pudo ocultar su preocupación.

Miró su reloj.

—Apenas son las tres y media, el colegio sale a las seis. ¿En serio vas a quedarte parado en medio de la tormenta de nieve durante dos horas y media?

Leandro alzó la vista, observando el colegio a lo lejos.

Dentro del recinto, la bandera escolar ondeaba en lo alto, con colores vibrantes que contrastaban con el viento helado, como si entonara un himno de victoria.

Se imaginó a sus dos bebés estudiando debajo de esa bandera...

La emoción lo embargó.

Iba a esperar a sus tesoros más grandes. ¿Qué importaban dos horas y media?

Sentía que podía quedarse parado en el viento helado toda la vida, y la espera le sabría a gloria.

No se dio cuenta de cómo el tiempo voló hasta que dieron las seis en punto.

En cuanto vio que las puertas del colegio se abrían, sus largas piernas comenzaron a avanzar.

Los guardias de seguridad del preescolar abrieron los portones, parándose a los lados con sus equipos de defensa listos.

En la entrada, decenas de padres de familia se aglomeraban esperando a sus pequeños.

Leandro se acercó bordeando la multitud hasta llegar al lado de un guardia de seguridad y preguntó: —¿A qué hora salen los del grupo de los más pequeños?

—¿En qué salón está su hijo? —preguntó el joven guardia con respeto.

Eso...

—Es la primera vez que vengo por mi hijo y mi hija. —Leandro se acomodó los lentes oscuros de diseñador.

Se los había puesto antes de bajar del auto.

Después del trasplante de córnea, estaba sufriendo un rechazo severo.

Su visión era pésima.

El médico le había dicho que era parte del proceso de recuperación, que todo era normal y que eventualmente estaría perfecto.

Pero él no quería que sus hijos le vieran ni el más mínimo defecto.

A los ojos del guardia brilló la curiosidad: —¿Se refiere a los gemelos hermosos que acaban de entrar?

—Sí —Las comisuras de Leandro se elevaron con orgullo.

Eran suyos.

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