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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 110

Federico, que justo estaba agarrando una copa, dejó la mano congelada en el aire.

Miró a Julián con una expresión indescifrable.

—Pobre de mí, la primera vez que decido conquistar a alguien en serio, y fracaso antes de empezar —se lamentó Julián.

Federico soltó con frialdad:

—Si ya está casada, olvídate de ella.

Julián, recostado sobre la mesa, movió el dedo índice de un lado a otro.

—¡No, no, no! Estar casada no impide el divorcio. ¡Ese hombre es un don nadie y no la merece en absoluto!

Levantó un dedo de la mano izquierda.

—Él es un sapo asqueroso.

Luego levantó uno de la mano derecha.

—Ella es un hermoso cisne.

—Uf, sí, definitivamente seré yo quien la rescate de esa miseria.

Julián estaba tan inmerso en su fantasía...

Que ni siquiera se dio cuenta de que el "sapo asqueroso" lo miraba con una frialdad escalofriante.

Si las miradas mataran, Julián ya estaría hecho un colador.

Recordaba vagamente que había mencionado su intención de coquetear con Magdalena.

Pero Julián siempre se aburría rápido de todo.

Federico no entendía.

¿Cuántos días llevaba de conocer a Magdalena?

¿Con qué derecho decidía que él no era digno de ella?

Julián alzó los ojos hacia él con pesadez.

—¿Acaso no es obvio?

—Magdalena está casada pero no quiere que se sepa. Según mi experiencia, o el tipo no pertenece al medio, o... ¡o ni siquiera es un hombre de verdad! Seguro le da vergüenza presentarlo en público.

Comenzó a enumerar con los dedos:

—Cuando hacían pedazos a Magdalena en internet, el tipo brilló por su ausencia. Solo hay dos razones para eso: una, no quiere problemas; dos, cuida demasiado su imagen.

—En resumen, o es un cobarde o es un egoísta.

Federico entrecerró los ojos con una expresión amenazante.

—¿Y si el tipo fuera un multimillonario que no quiere armar un alboroto?

Julián le bufó en la cara.

—¡Pamplinas! Te crees que todo el mundo tiene dinero como tú. No hay tantos magnates en este mundo, deja de soñar despierto.

Federico se quedó sin palabras.

Lo amaba tanto que se encargaba de todos y cada uno de los detalles de su vida.

Él lo sabía perfectamente.

Pasó la noche entera en el bar, sin volver al hospital.

Apestaba a alcohol y no quería que nadie lo viera en un estado tan patético.

O quizás, en el fondo, trataba de evitar encontrarse con Magdalena.

Ella había cambiado muchísimo últimamente.

Con Anaís y Valentina, no dudaba en tirarles agua o abofetearlas si se lo proponía.

Incluso, de vez en cuando, le lanzaba comentarios sarcásticos a él.

A veces sentía que todo esto lo agotaba; otras, sentía que había perdido algo importante.

Prefería dormir en un bar...

A volver a esa enorme e impersonal mansión o a su casa familiar.

Su celular estaba lleno de fotos relacionadas con el trabajo, y solo dos tenían algo que ver con Magdalena.

Su documento de identidad.

Y la foto de su boda.

Las conservaba en su celular porque, al realizar ciertos trámites, de vez en cuando le pedían los datos de su cónyuge.

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