Anaís, sumamente ofendida y humillada, se instaló en el cuarto de servicio.
Abrió su maleta y, con cierta vacilación, sacó una pequeña pastilla.
Era algo que le había costado mucho conseguir; un estimulante con ligeros efectos alucinógenos.
Lo que había ocurrido ese día no estaba en absoluto dentro de sus planes.
Originalmente, Anaís planeaba que Federico la llevara al lujoso departamento que tenía en el centro de la ciudad.
La villa tampoco era una mala opción. Al ser tan grande, cualquier cosa que hicieran pasaría desapercibida para doña Elvira.
A menos que el mismo Federico no quisiera mantenerlo en secreto.
Lo que no esperaba era que Magdalena estuviera allí.
Anaís se puso la pastilla en la mano, subió al estudio y tocó a la puerta: —Federico, ¿estás ahí?
Nadie respondió.
Abrió la puerta a escondidas y escuchó el ruido del agua en el baño.
Sobre el escritorio había una caja de regalo y, justo al lado, un vaso con agua.
Las palmas de Anaís sudaban, humedeciendo la pastilla que sostenía.
Leandro tenía razón.
Mientras se acostara con Federico y accidentalmente se quedara embarazada...
Él se haría responsable.
Anaís se acercó, viendo su propio rostro reflejado en el agua del vaso.
—¿Qué estás haciendo?
La voz repentina de Federico la asustó.
La puerta del baño se abrió y volvió a cerrarse de inmediato.
Federico, que llevaba solo una toalla a la cintura, al verla allí, se metió de nuevo para vestirse.
Con las manos temblorosas, Anaís escondió la pastilla en su bolsillo y alzó la voz para hablar a través de la puerta: —¡Como hoy es tu cumpleaños, vine especialmente a verte!
Mientras hablaba, sacó su propio regalo y tiró la caja que estaba en el escritorio a la basura.
Esa caja llevaba el logo de la marca de joyas que patrocinaba Magdalena. No era necesario preguntar quién la había puesto allí.
Cuando Federico volvió a abrir, ya se había puesto ropa de estar por casa.
Anaís dejó un reloj sobre la mesa y sonrió: —Este es mi regalo para ti. Feliz cumpleaños.
Federico se detuvo un instante.
Apenas en ese momento recordó que era su cumpleaños.
—Gracias, Anaís.
En circunstancias normales, Anaís se habría quedado allí insistiendo, pero su mala conciencia la hizo inventar una excusa cualquiera para salir rápidamente.
Al cerrar la puerta, el corazón todavía le latía a mil por hora.
Ese no era el momento adecuado, tendría que buscar otra oportunidad.
Federico se sentó y revisó su celular.
Parecía que Magdalena había olvidado qué día era.



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