Anaís entró a la habitación del señor Gutiérrez.
Adentro estaba muy oscuro y apestaba a vino tinto. No había absolutamente nadie más allí.
De inmediato se dio cuenta de la trampa, pero cuando quiso huir, ya era demasiado tarde.
La habitación estaba perfectamente insonorizada. Por más que suplicó, lloró y forcejeó, para un degenerado enfermo como él, aquello solo lo excitó más.
Anaís ni siquiera recordaba cómo había soportado aquel infierno.
Al final, su mente se quedó completamente en blanco.
Tenía el cabello alborotado y pegado al rostro bañado en sudor.
Finalmente, el hombre se marchó.
Antes de salir, le arrojó su tarjeta de presentación: —Me quedaré trabajando en el país por un tiempo. En estos próximos quince días, puedes buscarme cuando quieras.
El tono y la expresión del hombre delataban una satisfacción asquerosa.
Daba náuseas.
Anaís se quedó tirada en la cama durante un largo rato, dejando que las lágrimas corrieran silenciosamente por sus mejillas.
Después de bañarse, cuando abrió la puerta y salió cojeando, vio que la puerta del cuarto de Federico también se abría.
Magdalena salió de ahí a toda prisa, acomodándose la ropa.
Anaís clavó la mirada en ella, aferrándose al marco de la puerta con tanta fuerza que casi se entierra las uñas en la madera.
Así que había sido esa maldita zorra la que cerró la puerta por dentro la noche anterior, condenándola a ella a ese terrible destino.
Junto con ese descubrimiento, una vergüenza y humillación infinitas la perforaron hasta los huesos.
Había planeado todo a la perfección, pero todo había sido en vano.
Y encima, Magdalena había sacado provecho de sus planes.
Los labios de Anaís temblaban de puro coraje; sentía como si la estuvieran quemando viva dentro de una hoguera.
La figura de Magdalena desapareció al final del pasillo.
Anaís usó su tarjeta de acceso y entró al cuarto.
Tal como lo sospechaba.
Ahí había ocurrido todo lo que ella había anhelado que le pasara.
Sin pensarlo dos veces, se metió a la cama, cerró los ojos y se despeinó a propósito, arrugándose también la ropa.
Al ver que Federico no reaccionaba, se deslizó cuidadosamente entre sus brazos.
Cuando sintió el calor del cuerpo del hombre envolviéndola, por fin pudo soltar un suspiro de alivio.
Federico abrió los ojos y estuvo a punto de desmayarse de nuevo por el agudo dolor de cabeza.
Se frotó las sienes con fuerza.
Parecía haber perdido la memoria de la noche anterior.
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