Magdalena Jurado sonrió, sintiendo un poco de pena por la chica.
Tal vez fue por el escándalo que armó Natalia, o tal vez porque al día siguiente tenía que ir a la comisaría a cooperar con la investigación.
Magdalena no pudo pegar ojo y tampoco se sentía muy bien físicamente.
Cuando Federico Suárez pasó a recogerla y notó su mala cara, le preguntó:
—¿Te compro un café?
Magdalena negó con la cabeza.
Ahora no podía tomar esas cosas.
Solo podía tomar algo caliente de su termo.
Magdalena le dio un par de sorbos. No sabía si era por las náuseas del embarazo, pero sintió que su infusión de frutos rojos tenía un sabor extraño.
Bajó la vista para mirar dentro del termo, pero no notó nada raro.
Gael Jurado era el típico machito de pacotilla que solo se hacía el valiente en casa.
En su casa su palabra era ley, pero al llegar a la comisaría, soltó todo sin necesidad de mucho interrogatorio.
El policía negó con la cabeza:
—Por más que sea, no puede dedicarse a la extorsión. Y menos por veinte millones de golpe.
Gael sabía que iba a ir a la cárcel, pero no cerraba la boca; seguía repitiendo que iba a buscar un abogado y que apelaría.
Al escucharlo maldecir, Federico dijo con tono indiferente:
—Gael Jurado, búscalo si quieres. Si logras que te reduzcan un solo año de condena, significará que yo, Federico Suárez, soy un inútil.
Gael siempre había menospreciado a Magdalena.
Quizás porque nunca le dio importancia desde que era niña, y hasta el momento en que pisó la comisaría, no creyó que Magdalena se atreviera a demandarlo.
Pero ahora, Federico y su abogado le dejaron muy claro que, a mayor cantidad de dinero, peor sería la condena.
Iban a hacer que se pudriera en la cárcel por quince años.
Gael se quedó paralizado y, por fin, entró en pánico.
—¡Un momento, oficial! ¡Tengo algo que confesar, quiero una reducción de condena!
Magdalena y Federico intercambiaron una mirada.
Ninguno de los dos sabía si estaba diciendo la verdad o mintiendo.
El policía también estaba algo desconcertado.

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