Los problemas de la empresa, el asunto de Gael Jurado, las revisiones médicas de Anaís y todos los líos que eso conllevaba.
El cansancio acumulado de los últimos días se le instaló en los huesos.
Era un peso tan agobiante que apenas lo dejaba respirar.
Se acercó a Magdalena con una voz más ronca que antes, cargada de fatiga:
—¿Ya terminaste de declarar?
Magdalena lo miró, les hizo señas a Sara y a los demás para que subieran al auto y se acercó a él:
—Te estaba esperando.
Los ojos de Federico se iluminaron levemente.
—Te estaba esperando para aclarar lo del acuerdo de divorcio.
La palabra divorcio era como un trago de vinagre en ayunas.
Escucharla de nuevo dolía más que la primera vez.
Federico sintió un latigazo en los nervios, como si alguien se los hubiera arrancado de un tirón.
Se apoyó en la puerta del coche y bajó la vista.
El flequillo le ocultaba la tormenta que llevaba en los ojos.
Se sentía como si estuviera en la cima de una torre de cartas.
Donde alguien le quitaba una carta de la base cada pocos días.
Gastaba todas sus energías tratando de mantener el equilibrio.
Y Magdalena venía y lo derrumbaba todo con un simple soplido.
Ver su castillo de naipes reducido a escombros sacaría de quicio a cualquiera.
Y Federico no era la excepción.
La rabia lo consumía de la cabeza a los pies.
Intentó contenerse y le preguntó:
—Magdalena, ¿puedes dejar de hacer rabietas?
¿Rabietas?
Magdalena ya no estaba dispuesta a darle explicaciones ni a discutir con él.
Torció los labios en una mueca de fastidio:
—Solo vine a decirte que tienes tres días. Si no firmas, presentaré la demanda.
Sin decir más, se dio media vuelta para irse.
Pero Federico la tomó de la muñeca bruscamente y la acorraló contra la puerta del coche.
Su rostro reflejaba pura frustración.
—Y sobre el acuerdo... claro, firmamos un acuerdo prenupcial. ¿Quieres el divorcio por Anaís o porque buscas un papel que te dé estatus? Si tanto te importaba, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Crees que armando un berrinche y pidiendo el divorcio te ves más digna?
Federico notó la palidez y fragilidad en el rostro de Magdalena, y sintió un ligero temblor en el pecho.
Apretó los labios, decidiendo ignorar ese sentimiento.
Porque en el rostro de Magdalena vio que a ella le importaba.
Y esa importancia le devolvía la placentera sensación de tener su atención.
Era como si hormigas le mordieran los dedos: dolía, pero también aliviaba una extraña comezón.
Quería verla reaccionar aún más, desbordarse en emociones por su culpa.
—¿O será que, como ya arreglaste el problemita de Gael Jurado y ya no me necesitas para sacarte las castañas del fuego, me echas a un lado? Magdalena, ¿acaso también usarás a Kevin Lira y a Julián para luego botarlos? ¿O es que planeabas divorciarte desde el principio y solo esperabas que mi abuela hiciera el testamento para salir ganando dinero e irte con otro?
Magdalena se quedó tiesa de pies a cabeza.
La fachada de dignidad que tanto esfuerzo le había costado mantener, se desmoronó por completo.
Las uñas de la mano que él sostenía se clavaron en la palma.
Soltó el termo y, con la mano libre, le cruzó la cara a Federico de un bofetón tremendo.
¡Zas!
A Federico le saltó el flequillo del impacto.
Y la cara se le fue de lado por la fuerza del golpe.

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