Federico perdió todo el porte elegante que había demostrado en el centro comercial.
Con los ojos inyectados en sangre y encorvándose ligeramente, intentó acercarse al auricular con desesperación.
—¿Hola? ¿Hola?
Pero en la línea solo se escuchaba el tono de llamada desconectada.
Ya habían colgado.
Tania miró al apuesto hombre, atónita.
Dora se acercó corriendo con sus pequeñas piernitas.
—¡Wow, señor, corre súper rápido!
Tania jaló a Dora hacia ella, escondiéndola a sus espaldas, y le preguntó a Federico, entre temerosa y recelosa:
—Señor, ¿quiere que llame a una ambulancia?
Ese hombre había aparecido de la nada para robarle el celular; seguramente era algún delincuente.
Federico seguía sosteniendo el teléfono.
Le tomó un momento regresar a la realidad. Su actitud era tan desolada que rompía el corazón.
—Lo siento, yo...
Debía haber perdido por completo la razón como para reaccionar de esa manera por haber escuchado un nombre.
Pero ¿cómo podría existir semejante coincidencia en el mundo?
Tania, con el rostro lleno de desconfianza, estiró la mano de forma cautelosa.
—¿Puede devolverme el celular?
Federico se lo entregó.
—Le ofrezco mis más sinceras disculpas.
Antes de que él terminara la frase, Tania ya había levantado a Dora en brazos y salido corriendo despavorida.
Federico observó su sombra escapando bajo la luz del atardecer y esbozó una sonrisa amarga.
Ya dentro del auto, Tania seguía con el corazón en un hilo.
—¡Dios mío! ¡Con razón siendo tan guapo no tiene pareja, resulta que está mal de la cabeza!
Y le advirtió a Dora:
—Cariño, si alguna vez vuelves a ver a alguien así, mantente alejada, ¿entendiste?
—¿Por qué?
En los últimos años, Federico solía buscar a Julián para ir al bar.
Pues se había dado cuenta de que era la única persona en su entorno con quien podía hablar sobre Magdalena.
En comparación, los sentimientos de Julián hacia Magdalena ahora parecían un simple capricho de niño.
Con el paso de los años, Julián había dejado ir esa obsesión.
Saber que la mujer de sus sueños se había casado con su amigo hacía imposible que intentara algo.
Además, Magdalena ya tenía un hijo con Kevin Lira, él no tenía ninguna oportunidad.
Julián solo veía la situación de Federico como un castigo kármico por no haber sabido valorarla cuando la tuvo a su lado.
Pero aunque a veces le resultaba gracioso, en el fondo sentía lástima por él.
Federico había cometido unas cuantas locuras.
Cuando Magdalena se fue de Sierra Clara por primera vez, había gastado más de diez millones comprando la casa que ella había perdido, y luego se mudó a la helada e inmensa mansión.
Cuando supo que ella se había ido del país, movió cielo, mar y tierra, utilizando todas sus conexiones para investigar los registros de vuelo y las salidas del país, llegando incluso a comprar dos aerolíneas solo por eso.
Pero eso no fue lo peor.
Como no podía encontrar a Magdalena, comenzó a viajar compulsivamente a distintos países por negocios, acumulando tantas millas que superaba al 99.9% de los pasajeros frecuentes.

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