Como había crecido en el extranjero, dominaba el español y el inglés, y, además, los mejores jardines de niños solían enseñar un segundo idioma, generalmente francés o alemán.
Dora también era excelente en eso.
¿Acaso ese era el poder de la genética?
Verónica, al escuchar a la anciana mencionar ese tema frente a Magdalena, no paraba de hacerle señas.
Doña Elvira ya estaba mayor y a veces se le iban las palabras.
—Este, Magda...
Magdalena negó con la cabeza, indicándole que no le molestaba.
Mientras platicaban, escucharon a alguien entrar canturreando.
—¡Ay, mamá, escuché que tienes visitas importantes!
Sandra entró haciendo ruido con sus tacones.
Al ver a Magdalena, fingió sorpresa:
—Vaya, pero si es la señora Suárez... ay, perdón, me equivoqué, la ex señora Suárez.
—Anaís, ¡mira qué razón tenía! La señorita Jurado regresó a Sierra Clara, ¿cómo no iba a venir a saludar?
Sandra remarcó las palabras 'señorita Jurado' con un tono lleno de veneno.
Doña Elvira borró su sonrisa de inmediato.
—¿A qué viniste?
—Pues a traer a su bisnieto para que lo vea, Anaís vino especialmente para traerlo.
Doña Elvira sostuvo su taza de té.
—Más bien creo que vinieron a armar un circo.
Anaís parecía saber que no era bienvenida, y tardó un rato en decir tímidamente:
—Abuela.
La anciana la ignoró.
Anaís empujó levemente a Benjamín por el hombro.
El niño corrió hacia ella y le sacudió el brazo.
—¡Bisabuela, Benji te extrañó muchísimo!
El rostro de Doña Elvira se suavizó un poco y le tocó la espalda al niño.
Estaba empapado de sudor, seguro andaba corriendo como loco por ahí.
Hoy Magdalena había ido por voluntad propia a visitar a la anciana, así que no era correcto darse la vuelta y marcharse nada más ver a la tía Sandra.
Decidió no decir ni una palabra.
Pero Anaís, sin tacto alguno, se acercó a ella.
La saludó con su habitual tono de víctima:
—Hola, hermana.
A Magdalena le dio un asco tremendo.
¿Qué se creía esta, que estaban en una telenovela de época? ¿Cuál hermana?
Magdalena respondió sin inmutarse:
Benjamín gritó emocionado:
—¡Mamá, yo quiero ir a barrer, quiero barrer!
—¡Cállate!
Anaís le gritó, perdiendo casi su faceta de mujer frágil.
Al darse cuenta de dónde estaba, rompió a llorar al instante:
—Magdalena, tú... tú...
Benjamín también se soltó llorando.
Madre e hijo, un mar de lágrimas.
Doña Elvira azotó su taza contra la mesa:
—¡Basta! Anaís, ¿con qué cara te pones a llorar? ¡No creas que por ser vieja ya se me olvidó todo lo que hiciste!
Se aguantó la furia.
—Hoy no te mando a sacar a rastras por respeto al niño, pero acuérdate bien de que Federico ordenó que no volvieras a pisar esta casa.
Magdalena frunció levemente el ceño.
¿Federico había dicho eso?
Vaya, su capacidad para actuar tampoco estaba nada mal.
En lugar de regañar a Magdalena por asustar a su bisnieto, Doña Elvira trató de calmarla:
—Magda, no te rebajes al nivel de estas personas.

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