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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 254

Cuando la policía llegó a la empresa, le dieron un buen sermón a Federico y a su hijo.

Al ver que Magdalena estaba divorciada de él, le aconsejaron especialmente a ella que se cuidara mucho.

Federico jamás había pasado por una humillación semejante en su vida.

Estaba verde del coraje, pero no se atrevió a enojarse con Magdalena.

—Magdalena, ven a visitarnos a la casa familiar cuando tengas tiempo, mi abuela... te extraña mucho.

Los pasos de Magdalena se detuvieron.

Federico sabía perfectamente cómo manipularla.

Cuando se fue sin despedirse, la persona a la que más sentía haber fallado era a Doña Elvira.

Podía ocultarle la verdad sobre su hija a Federico sin sentir culpa, pero hacerle eso a la abuela no era justo.

Porque Magdalena sabía que, si la anciana descubriera que tenía una bisnieta tan hermosa y tierna como Dora, se pondría inmensamente feliz y la trataría como a una princesa.

Sin mencionar que, cuando estuvo en la mansión, de no haber sido por Doña Elvira, quizás habría seguido atrapada por Federico.

Magdalena recordaba bien eso, aunque no tenía ninguna intención de decírselo a él.

Al levantar la vista, vio a Federico mirándola con desesperación; lo irónico era que detrás de él estaba el hijo que había tenido fuera del matrimonio.

En esa situación, ¿con qué cara se atrevía a fingir amor profundo?

—Federico, ya no voy a caer en tus engaños, y te pido que no uses a tu abuela como excusa.

Al irse, Magdalena no miró atrás.

Tal como desapareció hace tres años, sin dejar siquiera un rastro para que la buscaran.

En el trabajo, Magdalena pronto se hizo cercana al equipo del proyecto de Orizon; casualmente, los escuchó comentar que Federico no estaba viviendo en la casa familiar, sino en la mansión que antes compartían.

Después de pensarlo un rato, llamó a Doña Elvira.

—¿Magda? ¿De verdad eres tú, Magda? Mi niña querida, entonces el Secretario Yáñez no mentía, de verdad regresaste.

Al escuchar a Doña Elvira llamarla 'mi niña querida', el corazón de Magdalena se ablandó de golpe.

En esos años, había perdido por completo el contacto con Natalia.

Desde el momento en que salió del país, dejó de ser la hija o la esposa de alguien.

Era ella misma, era la mamá de Dora.

—Sufriste mucho al casarte con Federico, y al final, aquello que pasó...

La anciana suspiró y negó con la cabeza, sin terminar la frase.

—No te preocupes, Benjamín también tiene su propio fondo. Ni él ni su madre tienen por qué reclamarte nada. Cada año la familia Suárez dona mucho más que esto a la caridad. Acéptalo, hazlo para que yo me quede tranquila.

Al mencionar a Anaís y a su hijo, Doña Elvira frunció el ceño con disgusto.

—Federico nunca permitió que Anaís entrara a la familia. La custodia de Benjamín la tiene la familia Suárez, y su madre solo se lo lleva unos días durante las vacaciones.

—Ese niño... es sumamente difícil de educar.

Doña Elvira recordó cómo era Federico de pequeño: tomaba clases de equitación, esgrima, tenis, y aprendía idiomas sin ningún esfuerzo.

En eso, Benjamín no se parecía en nada a su padre.

Si Federico no hubiera jurado que de verdad se acostó con Anaís y que el niño era suyo, Doña Elvira jamás lo habría reconocido.

Aunque, para ser justos, el nacimiento de un heredero logró calmar bastante las ambiciones de los tíos de la familia.

Magdalena se quedó pensando un instante; con razón Dora tenía tanto talento para los idiomas.

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