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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 259

—Les pido de favor que no suban fotos donde se le vea la carita a la niña, muchas gracias.

—Una disculpa por arruinarles la cena.

—Si no les molesta, hoy yo invito la cuenta de su mesa, por consideración a la pequeña. Gracias.

Hacía una reverencia en cada mesa que pasaba.

Federico podría haber resuelto todo eso con una sola palabra.

Pero ahí estaba, tratado como un estorbo, completamente ignorado.

Aparte del gerente, a absolutamente nadie le importaba ni su dinero ni lo que pensara.

Desde que se volvió adulto, Federico rara vez había experimentado esa sensación.

Era como si la situación le hubiera dado una cachetada para devolverlo a cuando tenía siete años.

Antes de los siete, nunca lo dejaban comer hasta saciarse porque el nutriólogo decía que era malo para el estómago.

Una vez, en una fiesta llena de invitados importantes, se robó a escondidas dos pastelitos.

Su madre le reclamó fríamente: 'Federico, ¿es en serio que quieres arruinar el evento que mamá organizó con tanto esfuerzo?'

Y él no había hecho nada malo, solo quería un bocado más.

Ahora era exactamente lo mismo.

Sentía que él era el culpable de echar a perder todo.

Lo que más le destrozaba era ver a Magdalena rebajándose ante completos desconocidos antes que pedirle ayuda a él.

Le latían las sienes con fuerza.

Los sollozos roncos de Dora, el ruido del personal recogiendo los platos rotos y las disculpas que Magdalena daba inclinándose, eran demasiado para él.

La realidad de que Magdalena había tenido una hija con otro hombre nunca había sido tan evidente como en ese momento.

Lo habían reemplazado sin lugar a dudas.

Sin embargo, no soportaba ver a la mujer que amaba pasando por esa humillación.

Federico se desabrochó un botón del saco.

—Magdalena, ven.

—Ven aquí, yo me encargo.

Magdalena lo ignoró, y en su lugar, fue Dora quien corrió hacia él.

Con la carita roja por el enojo.

—¡Hombre malo, señor malo! ¡Tú lastimaste a mi mamá, eres un malo, te odio, te odio muchísimo!

Federico bajó la mirada hacia esa bolita de coraje que le gritaba.

La niña llevaba ropa sencilla, pantalones de mezclilla y unos zapatitos con flores de plástico que se veían baratísimos y que no hacían justicia a su carita, hermosa como la de una muñeca de porcelana.

Escucharla decir que lo odiaba hizo que a Federico le diera una punzada en el corazón.

A Magdalena se le rompió el corazón de pura pena.

Justo entonces regresó Kevin.

—Tranquila, ya me encargué de las cámaras de seguridad.

Magdalena asintió:

—Entonces, vámonos.

Obviamente, Federico no iba a dejarlos ir tan fácil.

Kevin se interpuso entre él y Magdalena.

Y le dijo arrastrando cada sílaba:

—Señor Suárez, le exijo que se aleje de mi hija y de su madre.

Federico sentía unas ganas inmensas de volver a agarrarlo a golpes.

Kevin se la había robado cuando Magdalena aún estaba casada con él.

Pero al ver las caras de miedo de Magdalena y Dora.

Federico solo sintió una profunda tristeza y frustración.

Kevin le lanzó una mirada desafiante, tomó de la manita a Dora y dijo en voz bien alta para que él escuchara:

—Vámonos, pequeña, papá te llevará a comer a un lugar mucho mejor.

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