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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 260

Federico no cenó; dejó una jugosa suma de dinero como compensación al restaurante y regresó a su oficina.

La escena no dejaba de repetirse en su mente, oprimiéndole el pecho.

Se sentía invadido por el remordimiento y la frustración.

Ese nudo en la garganta lo acompañó hasta que llegó a casa.

La señorita Daniela, su asistente, tocó el timbre de la puerta:

—Señor Suárez, le traje la ropa que mandó a la tintorería.

Usó la máquina de la entrada para ponerse las cubiertas protectoras en los zapatos.

—Los de la tintorería encontraron un dije de cristal en forma de trébol de cuatro hojas en el bolsillo de este saco.

La piedra, una esmeralda tallada en forma de trébol del tamaño de una uña, no parecía una joya para adultos; más bien era un adorno de niña.

Federico frotó el trébol con la yema del pulgar y de repente recordó aquel día en el parque.

Dora le había dicho que su mamá estaba sola y que ya no le importaba su papá.

Y luego, en el centro comercial, ese mocoso de Benjamín se había burlado diciendo que Dora no tenía papá.

El rostro de Federico se quedó sin expresión por unos segundos.

De pronto, un temblor incontrolable recorrió todo su cuerpo.

Magdalena había quedado embarazada hace tres años, justo cuando todavía estaba con él.

¡No era de Kevin!

¡¿No era de Kevin?!

El corazón de Federico empezó a latir a un ritmo desbocado, y su respiración se volvió pesada y ansiosa.

Intentó recordar a detalle el rostro de Dora.

La puntita de su nariz y la forma perfecta de sus labios eran idénticos a los de Magdalena.

Tenía ojos grandes y redondos, y aunque aún era pequeña, ya se notaban unos rasgos finos y delicados.

La gente suele perder la perspectiva al evaluar sus propios rasgos de lo acostumbrados que están a ellos.

¿Acaso la familiaridad que sintió al ver a Dora... provenía de él mismo?

Dora... ¿podría ser hija suya y de Magdalena?

En cuanto esa idea germinó, empezó a crecer descontroladamente como una enredadera, enredándose en su corazón en cuestión de segundos.

Su pecho, que hace poco parecía un colador, destrozado y dolorido al menor contacto.

Ahora sentía que explotaba.

Una avalancha de miel ardiente y efervescente estalló en su interior, mareándolo y haciéndole temblar hasta la punta de los dedos.

—Magdalena acaba de actualizar sus estudios en su currículum. Busca en todos los hospitales cerca de la universidad donde estuvo. Necesito todo el historial de la niña.

—¡Y averigua la dirección exacta donde vive Magdalena ahora mismo, mándamela ya!

Cuando Magdalena llegó a casa, Dora ya estaba profundamente dormida.

Rodeó el auto, desabrochó el cinturón de la silla de seguridad y la llevó en brazos hasta el departamento.

De repente, a medianoche, Dora empezó a arder en fiebre.

Aun medio dormida, Magdalena actuó por puro instinto: la abrazó contra su pecho y le dio unas palmaditas suaves en la espalda.

Como Magdalena estuvo muy débil durante el embarazo, Dora había sido una bebé muy enfermiza antes de cumplir los dos años.

Magdalena llevaba mucho tiempo sin enfrentar algo así; era la primera vez desde que volvieron al país.

Por un segundo su mente quedó en blanco, ¡y el pánico la invadió!

Seguro era porque no se había acostumbrado al cambio de clima y por el tremendo susto que le hizo pasar Federico en el restaurante.

Magdalena ni siquiera tuvo tiempo de pedir ayuda; se cambió de ropa a toda prisa, echó medicina para la fiebre, una botellita de agua y mascarillas de niño en una mochila, y bajó corriendo con Dora en brazos.

Justo cuando salió del edificio, una sombra alta le bloqueó el paso.

Era Federico, la persona que menos debió estar ahí.

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