Anaís Cárdenas se arrancó un pellejito del labio inferior.
—¡Esa maldita de Magdalena, lo hizo a propósito! ¡Ya era suficiente con que se aferrara a Federico y no quisiera el divorcio, pero encima tuvo que parir a esa mocosa para hacerme la vida imposible!
—Ya basta, mamá solo preguntaba, no te angusties tanto. Pase lo que pase, esa no es más que una chiquilla, mientras que tú diste a luz al heredero de Federico.
Anaís se quedó con el rostro frío, sin decir una palabra.
Valentina hablaba con tanta seguridad porque ignoraba por completo que Benjamín era hijo de otro hombre.
Si ese secreto salía a la luz...
¡No!
¡Por ningún motivo dejaría que Magdalena y Federico reavivaran la llama!
Tras colgar la videollamada, Anaís vistió a Benjamín.
—Mami, ¿qué haces?
—Vamos, te llevaré a ver a tu papá.
—¿Papá?
Dora frunció el ceño.
Federico Suárez había aprovechado el instante en que Magdalena salió a servir un vaso de agua para confesarle la verdad.
—Así es, Dora, yo soy tu papá.
Dora estaba apoyada contra una enorme almohada, lo que la hacía ver aún más pequeñita.
—Dora no te cree.
—¿Por qué no?
—Porque el papá de Dora es un hombre bueno, y tú no lo eres.
Al escuchar eso, Federico soltó un suspiro ahogado.
¿Qué le había estado enseñando Magdalena a la niña todo este tiempo?
Mientras Federico pensaba en cómo explicarle la situación, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
—¡Papá! ¡Benji y mamá vinieron a ver a mi hermanita!
Federico se dio la vuelta.
Vio a Anaís entrando de la mano de Benjamín.
Se puso de pie de inmediato, bloqueando la vista hacia Dora.
—Largo de aquí.
Anaís ya anticipaba esa reacción.
Sin embargo, precisamente a eso había ido.

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