Federico Suárez vio al chofer subir a toda prisa.
Conteniendo la furia, ordenó:
—Lléveselos de inmediato y traiga a dos guardaespaldas más para vigilar la habitación. Dígales que si dejan pasar a una sola persona que no tenga nada que ver aquí, están despedidos.
El chofer jaló a Anaís para retirarla.
Benjamín se negaba a caminar y, siguiendo las instrucciones de su madre, gritó:
—¡Papá, mi mamá te extraña mucho, me quiero quedar!
Anaís abrazó tiernamente a su hijo, con una voz cargada de sufrimiento y resignación.
—Federico, Benji es muy pequeño. Siempre me ve mirando tus fotos y llorando, por eso insistió en venir.
Le dio unas palmaditas en el hombro al niño:
—Benji, vámonos con mamá, no hay que molestar a Dora que está descansando. Después de todo, es tu compañerita de la escuela, ¿verdad?
Magdalena, que volvía de servir un poco de agua fresca, vio cómo el chofer se llevaba a Anaís y a su hijo.
Aceleró el paso.
—¿Qué pasó?
—Nada, no te preocupes, no permitiré que nadie interrumpa el descanso de Dora.
A Magdalena no le interesaban sus promesas.
De regreso había pasado por la oficina del doctor; Dora ya podía irse a casa.
—Magdalena, las llevaré.
—No es necesario.
Sara y Luciana ya estaban esperándolas abajo.
La empresa había enviado la camioneta ejecutiva.
—Mamá, quiero dormir un ratito en el auto.
Magdalena la acostó en los asientos traseros.
Una vez que Dora se quedó dormida, Sara encendió rápidamente su celular.

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