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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 29

Magdalena se quedó inmóvil en el sofá, apretando su celular en las manos.

Aún recordaba cómo, en su último encuentro, Federico miraba a Anaís como si fuera su tesoro más preciado.

¿Rogarle? Eso sería simplemente buscar humillarse.

Sara sujetó las manos de Magdalena y le rogó:

—No renuncies al trabajo que te costó tanto esfuerzo conseguir. Por favor, inténtalo.

Después de dudar por un instante, Magdalena marcó el número privado de Federico.

Su corazón latía frenéticamente al compás del *tut-tut* de la línea telefónica.

Estaba tan ansiosa y desesperada que una pequeñísima, humillante y patética esperanza surgió en ella.

La idea de esperar a que Federico finalmente la viera se había vuelto casi como un instinto natural para Magdalena.

Cuando contestaron la llamada, soltó un suspiro de alivio, y hasta su voz sonó más brillante:

—Federico, yo...

—¿Eres tú, Magdalena?

Se escuchó una voz de mujer, dulce y suave, del otro lado de la línea.

Magdalena se puso pálida de golpe, y, por puro instinto, miró el reloj de la pared. Era pasada la una de la madrugada.

El porqué Anaís y Federico estaban juntos a esa hora era algo que no necesitaba explicación.

Aquel último rastro de esperanza en su pecho, se extinguió por completo.

Anaís soltó una risita:

—Me imagino que buscas a Federico por lo de las redes sociales, ¿cierto?

Al notar que Magdalena no respondía, esa voz continuó arrastrando las palabras:

—Ya te lo había dicho Federico la última vez. Tus polémicas afectan la imagen de la empresa. Además, que llames a esta hora interrumpiendo su descanso no está nada bien, ¿no te parece?

Antes de hacer la llamada, mil excusas habían pasado por la mente de Magdalena. Pensó que tal vez Federico estaría ocupado, o que se negaría a ceder en el asunto. Jamás se imaginó que, a esa hora, él estaría a solas con otra mujer.

Qué tonta había sido.

Las familias Cárdenas y Suárez tenían negocios juntos desde hace generaciones. Ellos dos eran amigos de la infancia, y todos sabían que Anaís era el amor platónico de Federico.

Con el corazón sangrando, Magdalena respondió:

—Estoy llamando a mi marido, Señorita Cárdenas. La que no está nada bien aquí, eres tú.

A Anaís no pareció importarle; soltó un delicado 'Oh' y luego replicó:

—Ya veo. Quisiera pasarte a Federico, pero ¿cómo le hacemos? Se está bañando. ¿Quieres que le diga que te devuelva la llamada?

Magdalena no quería desperdiciar esta oportunidad para pedir ayuda, pero menos aún quería tener que suplicarle a su rival de amores.

Anaís comenzó a golpear rítmicamente la carcasa de su celular con el dedo índice y sonrió suavemente:

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