Viendo a Federico marcharse con paso firme, Magdalena sonrió con amargura.
La fugaz ternura de hace unos instantes no era más que una ilusión pasajera.
En cuanto Anaís se hacía presente, Federico se volvía ciego para cualquier otra persona.
Fue su culpa por bajar la guardia y hacerse falsas esperanzas.
Se quedó de pie un rato, tragándose el dolor y la amargura; luego se agachó para limpiar aquel desastre, poco a poco.
La abuela no tenía mucho apetito al principio.
Pero la sazón de Magdalena era mil veces mejor que la de cualquier restaurante, así que era imposible negarse.
Magdalena le preparó unas suaves y jugosas albóndigas de carne, flan de huevo con camarones y una reconfortante sopa de costilla con ñame.
Elvira le preguntó:
—¿Tú ya cenaste? Dile a Federico que venga a comer.
Ella sonrió suavemente:
—No tengo hambre.
—¿Y Federico?
Verónica, la sirvienta de más confianza de Elvira, había trabajado con la familia desde muy joven y prácticamente había criado a Federico.
Sirviéndole la sopa a la señora, Verónica comentó:
—Ahorita que abrí la ventana para ventilar, vi que el señor salió a toda prisa, sin abrigo. Seguro no tarda en volver.
La sonrisa de Elvira se desvaneció un poco:
—¿Qué tiene que hacer afuera tan tarde?
Magdalena, tratando de ocultar su tristeza, intentó sonreír:
—Seguro surgió algo en la empresa.
Elvira asintió sin decir una palabra más.
Hasta que Federico regresó con unos documentos en las manos.
En el bolsillo de su saco llevaba asomada una pashmina de mujer.
Al acercarse, emanó un tenue olor a perfume de rosas.
—Detente ahí —le ordenó Elvira—. ¿Qué asunto tan urgente tienes que no pudo arreglarse en la oficina, que tuviste que invitar a una mujer a la casa?
Aquella mirada fue como un balazo al corazón de Magdalena.
Federico levantó el sobre con los papeles:
—Esta es la propuesta de negocios que redactó Anaís.
Continuó, inmutable:
—No me importa lo que le hayan ido a chismear hace un rato, pero ella es fundamental tanto para la empresa como para mí. Y no voy a permitir que nadie la insulte o la difame.
Al oír sus palabras, Magdalena se quedó petrificada.
Sentía que los cubiertos en sus manos pesaban toneladas.
Casi la aplastaban por completo.
Elvira golpeó fuertemente la mesa con la mano.
Federico, para no hacerla enfadar más, prefirió evitar el conflicto y salió del comedor con sus documentos en la mano.
Magdalena estaba destrozada, pero no hizo ni el menor intento por explicarse.
Sabía de sobra cómo terminarían las cosas, igual que siempre.

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